Historias

1983: cuando Euskadi quedó bajo agua

HISTORIAS BILBAO INUNDACIONES 1983

Bilbao regresa  este año su mirada al 26 de agosto de 1983, cuando las inundaciones arrasaron la capital y varios pueblos de Bizkaia y Álava, en la que ha sido la mayor catástrofe natural que se recuerda en Euskadi, con 34 muertos y cinco desaparecidos (en la foto de arriba, el barrio bilbaíno de Recalde, donde una riada arrastraba vehículos, árboles y todo lo que encontraba a su paso).

(…) Todavía hoy varias marcas en el Casco Viejo que indican el nivel que alcanzó el agua, a tres metros de altura. La riada llegó al final de la Aste Nagusia (la Semana Grande) de fiestas de Bilbao.

Toda la semana había llovido mucho, pero eso no era extraño en los veranos de Bilbao. Hasta que el viernes 26 de agosto, la cortina de agua se convirtió en tragedia debido a una “gota fría”.

Los problemas comenzaron la mañana del viernes en Gipuzkoa, con caseríos aislados, pero Bilbao estuvo tranquila hasta el mediodía. Para las tres de la tarde, la ría del Nervión, la arteria de la ciudad, ya amenazaba con salir del cauce.

Cayeron 503 litros de lluvia por metro cuadrado en 24 horas corridas, de las 9.00 horas del viernes a las 9.00 horas del sábado. Esa tarde, el Nervión se desbordó desde Llodio (Álava), veinte kilómetros hacia el interior, hasta la desembocadura.

La fuerza devastadora del agua mató ese día a 39 personas, causó pérdidas por más de 200.000 millones de las antiguas pesetas y arrasó 101 municipios vascos.

La magnitud de la tragedia se pudo apreciar cuando la ría volvió a su cauce. El agua se había llevado en Bilbao puentes como el de Bolueta o La Ribera, destrozó edificios en barrios como La Peña o el Peñascal, carreteras y vías de tren, y centenares de comercios y locales del Casco Viejo quedaron anegados.

Se llevó hasta uno de los símbolos del Bilbao de entonces, el barco ‘Consulado’, atracado permanentemente en la ría, que fue dando tumbos hasta hundirse y nunca ha sido sustituido.

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(…) Miles de vizcaínos vivían entre el lodo, sin luz y sin agua corriente, por lo que camiones cisterna repartían agua, mientras soldados suministraban alimentos. Tampoco había teléfono, así que la radio recobró la importancia de antaño, al convertirse en el único medio de comunicación para muchas familias que dejaban mensajes tranquilizadores que emitían las emisoras.

Periódicos de aquellos días recogían en titulares como ‘Euskadi arrasada’, apuntaban que el resto de España “se volcó en el envío de alimentos” y reflejaban la imagen del entonces lehendakari, Carlos Garaikoetxea, recorriendo lo que quedaba del Casco Viejo.

Viajaron a Euskadi los Reyes de España y el entonces presidente del Gobierno, Felipe González, quien poco después anunciaría la declaración de zona catastrófica.

Aquellas fueron las inundaciones de la solidaridad, pero también hubo quién intentó aprovecharse de la situación y se detuvo a treinta saqueadores en los dos días siguientes a la riada.

También se denunció a especuladores que vendían una barra de pan a 100 pesetas y una botella de agua a 140 pesetas. La catástrofe agravó la crisis económica que ya sentía Bizkaia, agobiada por la reconversión industrial.

Pero poco a poco, la ciudad gris, contaminada y decadente que era Bilbao, con su casco histórico arrasado por las inundaciones, resurgió.

Por un guiño del destino, ese mismo año, el 83, tocó un segundo premio de la lotería de Navidad en Bilbao, que dejó 7.000 millones de pesetas. Fue una ayudita, porque costó una década entera rehabilitar el Casco Viejo.

Quince años después, en 1997, se inauguró el Museo Guggenheim, el símbolo y motor del renacimiento de una villa que mañana recordará las inundaciones, una palabra que a cualquier bilbaíno todavía le produce escalofríos.

Texto original completo de elmundo.es aquí

El recuerdo en imágenes y testimonios

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Historias grabadas en la memoria de la gente

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(Por Iratxe Jiménez).– Bilbao, 26 de agosto de 1983. Los bilbaínos se encontraban inmersos en la recta final de sus fiestas. La Aste Nagusia de ese año se caracterizaba por la constante lluvia que acompañó a todos los actos y festejos. Pero nadie imaginaba la catástrofe que se avecinaba (en la foto de arriba, una de las 34 víctimas mortales y 5 desaparecidos que dejaron las inundaciones).

El día anterior, las previsiones del tiempo anunciaban: “Algo de inestabilidad en la mitad norte”; tampoco en aquella época “los del tiempo” solían acertar. Lo cierto es que aquel 26 de agosto cayó sobre Bilbao una de las mayores trombas de agua que se recuerdan, provocando una subida increíble del caudal de la ría que incluso superó los cinco metros en algunas zonas del Casco Viejo.

Los expertos achacaron las inclemencias metereológicas de ese día a una gota fría. Al parecer, en el cielo los aires fríos del norte chocaron con los aires cálidos del sur, ambas corrientes soplaban en sentido contrario y provocaron de alguna manera lo que aquella tarde de verano sucedió en Bilbao. 34 personas murieron como consecuencia de las riadas y otras cinco se dan aún por desaparecidas; las pérdidas superaron los 60.000 millones de las antiguas pesetas sólo en la metrópoli, la industria vizcaína acabó fuertemente dañada y miles de personas perdieron sus hogares, sus vehículos, sus negocios y sus trabajos…

20 años después, las imágenes de un Nervión desbordado por las calles de la ciudad permanecen grabadas en la pupila de muchos bilbaínos. En el Casco Viejo, el mercado de la Ribera sufrió en sus propias carnes la fuerza devastadora del agua. La planta baja del mercado, donde se encontraban las cámaras frigoríficas y el pescado, quedó anegada en pocas horas, después llegó al primer piso, donde se situaban la mayoría de los comercios y al final, las aguas alcanzaron también la última de las plantas.

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La imagen del Casco Viejo completamente inundado era algo más bien inexplicable, ni tan siquiera era triste, simplemente veías y no te lo creías.

De un día para otro, lo que antes había sido un gran centro comercial quedó reducido a escombros y barro. Todos los productos estaban podridos y la mayoría de las máquinas eran ya inservibles. Dos días después, las aguas ya habían vuelto a su cauce y llegaba el turno de las labores de limpieza. Andoni, dueño junto con su hermano desde hace 27 años de una carnicería situada en el primer piso del mercado de la Ribera, recuerda aquellos días: “Ni tan siquiera era triste, simplemente veías y no te lo creías” asegura. La misma impresión de incredulidad tuvieron quienes desde otros barrios y localidades se acercaban al Casco Viejo para ver con sus propios ojos las dimensiones de la catástrofe.

El riesgo de epidemias era otro de los miedos entre la población y las autoridades, de ahí que en determinados sitios estratégicos se colocasen puestos médicos para atender a los ciudadanos; además, los hospitales estaban preparados para ello, y el reparto de vacunas estaba a la orden del día.

La falta de información fue también angustiosa. Había mucha gente que no sabía nada de sus familiares, los teléfonos no funcionaban y la necesidad de comunicarse con los seres queridos o simplemente saber algo de ellos era acuciante. La radio se convirtió en el medio de comunicación por excelencia, y la gente intentaba hacer saber a sus familiares que estaban bien a través de las ondas radiofónicas. Y es que en aquellos días, la radio fue más que nunca un servicio para el ciudadano. A través de ella, la gente no sólo podía saber de sus familiares, sino que también se daban por ejemplo, avisos de lugares donde se iban a situar camiones cisterna para el reparto de agua a la población.

Las tareas de rescate

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(…) Tras el 26 de agosto las tareas de rescate fueron la labor principal de bomberos, policías, Ejército y cientos de voluntarios que se ofrecían cada día para ayudar. En total, alrededor de 6.000 personas participaron en las labores de rescate en Vizcaya y gracias a ellos la cifra de víctimas no fue mayor.

En municipios cercanos a Bilbao hubo gente que incluso tuvo que ser rescatada mediante helicópteros tras pasar gran parte de la noche en el tejado de sus casas. Lo cierto es que la labor de los pilotos tras las riadas fue fundamental tanto para socorrer a las personas que habían quedado atrapadas en sus casas o coches por el agua, como para llevar alimentos, líquidos y medicinas a municipios a los que era imposible llegar a través de las carreteras, o incluso simplemente para apreciar desde el aire las dimensiones de la catástrofe.

Los días posteriores a la tragedia fueron muy difíciles. La ciudad tenía que vivir sin agua, sin luz ni teléfono. Las carreteras estaban inservibles y los medios de transporte públicos prácticamente habían desaparecido. Cuando el agua comenzó a bajar de nivel, el paisaje que dejaba tras de sí era desolador; barro y escombros era lo único que podía encontrarse por las calles.

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Numerosos coches aparecían kilómetros más abajo siguiendo el curso de la ría, y muchas casas no aguantaron el empuje del caudal. La recuperación fue, sin duda, un trabajo difícil, que sólo con las ayudas que llegaron de todos los puntos de España y con la buena voluntad que demostraron los vecinos de los municipios cercanos se pudo lograr.

Sin embargo, la colaboración desinteresada de la gente no fue suficiente para paliar los daños causados por lar riadas. En total fueron casi 200.000 millones de pesetas en pérdidas, 60.000 millones sólo en Bilbao, y 101 municipios declarados zona catastrófica.

Un día después de las inundaciones, en Gallarta había unas colas enormes de gente que venía a coger agua de una fuente natural

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