Cambio Climático

El clima causará la próxima revolución

ENERGÍAS MICHAEL KLARE

En este artículo del reconocido experto en recursos naturales Michael Klare, publicado por la revista digital el puercoespín, el autor observa que las protestas ambientalistas se multiplican en el contexto de desastres naturales cada vez más crudos con el super tifón “Haiyan” en Filipinas y de una mayor conciencia sobre el cambio climático, y postula que más temprano o más tarde, los gobiernos se enfrentarán a la alternativa de girar radicalmente en su política de energía o correrán el riesgo de ser barridos.  

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Una semana después de que el “supertifón” más poderoso que se haya registrado devastara las Filipinas matando a miles en una sola provincia y tres semanas después de que la ciudad de Harbin, en el Norte de China, sufriera un devastador “aeropocalipsis” que la sofocó con polución de su planta de carbón, ¡atención líderes del mundo! Aunque eventos singulares como estos no pueden ser atribuidos con absoluta certeza al creciente uso de combustibles fósiles y al cambio climático, son del tipo de desastres que, nos dicen los científicos, se convertirán en parte habitual de la vida en el planeta que está siendo transformado por el consumo masivo de combustibles basados en carbono. Si, como ocurre actualmente, los gobiernos de todo el planeta respaldan la extensión de la era del carbono y un creciente recurrir a combustibles fósiles “no convencionales” como las arenas de alquitrán y el gas de esquisto, esperemos líos. De hecho, deberíamos esperar levantamientos masivos que conduzcan a una revolución energética verde.

Nadie puede predecir el futuro, pero en lo que se refiere a una rebelión masiva contra los perpetradores de la destrucción global, podemos vislumbrar el levantamiento que viene en acontecimientos actuales. Miren y verán que las diversas protestas ambientales que han atormentado durante largo tiempo a los políticos están ganando fuerza y apoyo. Con la conciencia del creciente cambio climático y mientras las inundacioneslos incendioslas sequíaslas tormentas, de fuerza intensificada, se vuelven una característica inevitable de la vida cotidiana en todo el planeta, más gente se está uniendo a los grupos ambientalistas y sumándose a audaces acciones de protesta. Más temprano o más tarde, los líderes gubernamentales enfrentarán, probablemente, múltiples erupciones de furia pública masiva y pueden, al final, ser forzados a hacer modificaciones radicales en su política de energía o correr el riesgo de ser barridos.

De hecho, es posible imaginar que una revolución energética verde de este tipo brote en una parte del mundo y se extienda como fuego a otras. Dado que el cambio climático infligirá un daño cada vez más severo a las poblaciones humanas, el impulso de rebelarse sólo puede ganar fuerza en el planeta. Aunque las circunstancias pueden variar, el objetivo último de esos levantamientos será terminar con el reinado de los combustibles fósiles a la vez que enfatizar la inversión y el recurrir a formas renovables de energía. Y el éxito en cualquier lugar invitará a su imitación en otros.

Una ola de erupciones en serie de este tipo no carecería de precedentes. En los primeros años del siglo XXI, por ejemplo, gobierno tras gobierno en distintas partes de la ex Unión Soviética fueron barridos por lo que se llamó las “revoluciones de color” –levantamientos populistas contra regímenes autoritarios de viejo estilo. Incluyeron la “Revolución Rosa” en Georgia (2003), la “Revolución Naranja” en Ucrania (2004) y la “Revolución de los Tulipanes” en Kirguistán (2005).  En 2011, una ola similar de protestas brotó en el Norte de África, culminando en lo que llamamos la Primavera Árabe.

Como ellas, no es probable que una “revolución verde” surja de una campaña política muy estructurada con líderes claramente identificados. Muy probablemente brotará espontáneamente después de que una cascada de desastres provocados por el cambio climático desate una demostración de furia colectiva. Una vez iniciada, sin embargo, sin dudas incrementará la presión sobre los gobiernos para buscar transformaciones amplias y sistemáticas de sus políticas energéticas y de clima. En ese sentido, todo levantamiento de este tipo –cualquiera sea su forma- se demostrará “revolucionario” al buscar cambios de esa magnitud, que desafiarán la supervivencia de los gobiernos en el poder o los fuerce a implementar medidas con implicaciones transformadoras.

Anticipos de ese proceso se pueden hallar ya en el mundo. Por ejemplo, las protestas ambientales masivas que brotaron en Turquía en junio de 2013. Aunque provocadas por una preocupaciónmucho menor que la devastación planetaria por causa del cambio climático, durante cierto tiempo plantearon una amenaza significativa para el primer ministro Recep Tayyip Erdogan y su partido de gobierno. Aunque sus fuerzas eventualmente tuvieron éxito en aplastar las protestas –dejando detrás a cuatro muertos, 8.000 heridos y 11 personas enceguecidas por las latas de gas lacrimógeno –, su reputación como islamista moderado resultó seriamente dañada por el episodio.

Como muchos otros levantamientos sorpresivos, el turco tuvo un comienzo más que modesto: el 27 de mayo, un puñado de activistas ambientales bloqueó a las topadoras enviadas por el gobierno para arrasar el Parque Gezi, un minúsculo oasis de verde en el corazón de Estambul, y abrir camino para la construcción de un gran centro comercial. El gobierno respondió a esa acción pequeña y no violenta enviando a la policía antimotines y despejando la zona, algo que enfureció a muchos turcos y provocó que decenas de miles de ellos ocuparan la vecina Plaza Taksim. Ello, a su vez, condujo a una represión policial aún más brutal y, ello, a enormes manifestaciones en Estambul y en todo el país. Al final, protestas masivas surgieron en 70 ciudades, el mayor despliegue de sentimiento antigubernamental desde que el Partido de Justicia y Desarrollo de Erdogan llegó al poder en 2002.

Esta fue, en el más literal posible de los sentidos, una revolución “verde”, provocada por el asalto del gobierno contra el último pedazo de verde en el centro de Estambul. Pero una vez que la policía intervino con toda su fuerza, se convirtió en un rechazo amplio a a los impulsos autoritarios de Erdogan y su intento de rehacer la ciudad como una vidriera neo-otomana –repleta de centros comerciales y condominios exclusivos- que eliminara los barrios pobres y los espacios públicos gratuitos como la Plaza Taksim. “Todo es por la superioridad, y mandar a la gente como un sultán”, declaró un manifestante. No es sólo por los árboles en el Parque Gezi, explicó otro: “Estamos aquí para pronunciarnos contra aquellos que se están aprovechando de nuestra tierra”.

 

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La misma trayectoria –una protesta ambiental de pequeña escala que evoluciona hasta convertirse en un desafío total contra la autoridad gubernamental – se puede ver en otras protestas masivas recientes.

Tomemos un ejemplo chino: en octubre de 2012, los estudiantes y la clase media se unieron a los granjeros pobres para protestar contra la construcción de una planta  petroquímica de 8.800 millones de dólares en Ningbo, una ciudad de 3.4 millones de personas al sur de Shanghai.  En un país donde la polución ambiental ha alcanzado niveles casi sin precedentes, estas protestas fueron desatadas por el miedo de que la planta, que iba a ser construida por la compañía estatal de energía Sinopec con apoyo del gobierno local, produciría paraxylene, una sustancia tóxica utilizada en plásticos, pinturas y solventes.

Aquí, también, la chispa inicial que condujo a las protestas fue de pequeña escala. El 22 de octubre, unos 200 granjeros obstruyeron el camino vecino a la oficina de gobierno del distrito en un intento por impedir la construcción de la planta. Después de que se convocara a la policía a despejar el camino, los estudiantes de la cercana Universidad de Ningbo se unieron a la protesta. Utilizando las redes sociales, los manifestantes reclutaron rápidamente el apoyo de los vecinos de clase media de la ciudad, que convergieron de a miles hacia el centro de Ningbo. Cuando la policía antimotines intentó reprimir, los manifestantes pelearon, atacando los patrulleros y arrojando ladrillos y botellas de agua. Aunque la policía eventualmente ganó, después de varios días de batallas encarnizadas, el gobierno chino concluyó que una acción masiva de este tipo, ocurrida en el corazón de una gran ciudad y por la alianza de estudiantes, granjeros y jóvenes profesionales, era una amenaza demasiado grande. Tras cinco días de luchas, el gobierno cedió y anunció la cancelación del proyecto.

Las manifestaciones de Ningbo no fueron las primeras de su tipo en China. Subrayaron, sin embargo, la creciente vulnerabilidad gubernamental ante una protesta ambiental masiva. Durante décadas, el reinante Partido Comunista Chino ha justificado su control monopólico del poder en nombre de su éxito en generar un crecimiento económico rápido. Pero ese crecimiento implica el uso cada vez mayor de combustibles fósiles y petroquímicos, que, a su vez, implica mayores emisiones de carbono y una polución atmosférica desastrosa, con un “aeropocalipsis” tras otro.

Hasta hace poco, la mayoría de los chinos parecía aceptar tales condiciones como la consecuencia inevitable del desarrollo, pero parece que esa tolerancia de la degradación ambiental está disminuyendo rápidamente.  Como resultado, el partido se encuentra en una encrucijada terrible: puede aletargar el desarrollo como un paso hacia la limpieza del medio ambiente, arriesgando el descontento económico-social, o puede continuar con su política de desarrollo a cualquier costo y hallarse enredado en una tormenta de protestas como la de Ningbo.

Este dilema –medio ambiente vs. economía- ha aparecido como el corazón de levantamientos masivos similares en otras partes del mundo.

 

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Dos de las protestas más grandes de este tipo fueron provocadas por el colapso del reactor de las plantas de energía nuclear en Fukushima el 11 de marzo de 2011, después de un tsunami masivo que golpeó el norte de Japón. En ambas acciones –la primera en Alemania, la segunda en Japón-, el futuro de la energía nuclear y la supervivencia de los gobiernos fueron puestas en duda.

Las mayores protestas ocurrieron en Alemania. El 26 de marzo, quince días después de las explosiones de Fukushima, unas 250.000 personas participaron en manifestaciones antinucleares en todo el país –100.000 en Berlín y hasta 40.000 en Hamburgo, Munich y Colonia.  “Las manifestaciones de hoy son solo el preludio de un nuevo movimiento antinuclear”,  declaró Jochen Stay, uno de los líderes de la protesta. “No vamos a abandonar hasta que las plantas sean archivadas”.

Estaba en juego el destino de las plantas de energía nuclear que quedaban en Alemania. Aunque presentadas como una alternativa atractiva a los combustibles fósiles, la energía nuclear es vista por la mayoría de los alemanes como una opción peligrosa y no bienvenida. Varios meses antes de Fukushima, la Canciller Angela Merkel insistió en que Alemania mantendría sus 17 reactores en operaciones hasta 2040, una transición tranquila del histórico recurso del país al carbón como energía renovable para generar electricidad. Inmediatamente después de Fukushima, ordenó un cierre temporario de los siete reactores más viejos de Alemania para una inspección de seguridad, pero se rehusó a cerrar los otros, provocando las protestas.

Tras presenciar la escala de las manifestaciones y después de sufrir una derrota electoral en el Estado clave de Baden-Württemberg, Merkel llegó, evidentemente, a la conclusión de que aferrarse a su postura equivaldría a un suicidio político. El 30 de mayo anunció que los siete reactores bajo inspección serían cerrados en forma permanente y que los restantes 10 serían desconectados para 2022, casi 20 años antes que en el plan original.

Sin dudas, la decisión de desconectar la energía nuclear casi dos décadas antes tendrá consecuencias significativas sobre la economía alemana. Cerrar los reactores y reemplazarlos con energía eólica y solar costará unos 735.000 millones de dólares y llevará varias décadas, causando altas tarifas de electricidad y corte periódicos. Sin embargo, tal es la fuerza del sentimiento antinuclear en Alemania que Merkel sintió que no tenía otra opción.

Las protestas antinucleares de Japón ocurrieron considerablemente después, pero no fueron menos fuertes. El 16 de julio de 2012, 16 meses después del desastre de Fukushima, unas170.000 personas se reunieron en Tokio para protestar contra un plan gubernamental para volver a encender los reactores nucleares del país, apagados tras el desastre. No fue sólo la mayor manifestación antinuclear en Japón en muchos años, sino también la mayor de todo tipo ocurrida en tiempos recientes.

Para el gobierno, esa acción fue particularmente significativa. Antes de Fukushima, la mayoría de los japoneses apoyaba el recurrir crecientemente a la energía nuclear, depositando su confianza en que el gobierno garantizaba su seguridad. Después de Fukushima y los desastrosos intentos del propietario del reactor, la Tokyo Electric Power Company (TEPCO) de lidiar con la situación, el apoyo público a la energía nuclear se desplomó. Como se hizo cada vez más evidente que el gobierno había manejado mal la crisis, la gente perdió la fe en su capacidad de ejercer un control efectivo sobre la industria nuclear. Promesas reiteradas de que los reactores nucleares podrían ser asegurados perdieron toda credibilidad cuando se supo que funcionarios del gobierno habían colaborado durante largo tiempo con los ejecutivos de TEPCO en el encubrimiento de preocupaciones sobre la seguridad en Fukushima y, una vez que ocurrió el colapso, en ocultar información acerca de la verdadera escala del desastre y sus implicaciones médicas.

La protesta del 16 de julio y otras similares deberían ser vistas como un voto público contra la política energética del gobierno y sus capacidades de supervisión. “Los japoneses no se han pronunciado contra su gobierno nacional”, dijo un manifestante, un constructor de 29 años que llevó a su hijo de un año. “Ahora tenemos que hacerlo o el gobierno nos pondrá a todos en peligro”.

El escepticismo respecto del gobierno, raro en el Japón del siglo XXI, se ha puesto en evidencia como un obstáculo mayor para su deseo de encender de nuevo los 50 reactores inactivos del país. Mientras que la mayoría de los japoneses se opone a la energía nuclear, el Primer Ministro Shinzo Abe sigue decidido a conseguir que los reactores funcionen de nuevo a fin de reducir la dependencia de Japón de la energía importada y promover el desarrollo económico. “Creo que es imposible prometer cero (energía nuclear) en esta etapa”, declaró en octubre.  “Desde el punto de vista del gobierno, [las plantas nucleares] son extremadamente importantes para una provisión de energía estable y para las actividades económicas”.

Pese a tales sentimientos, Abe enfrenta extremas dificultades para reunir apoyo a sus planes y es dudoso que cantidades significativos de reactores vuelvan a estar en funcionamiento pronto.

 

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Lo que nos dicen estos episodios es que hay gente en todo el mundo cada vez más preocupada por la política energética en tanto afecta sus vidas y que están preparadas –a menudo, en corto tiempo- para lanzarse a protestas masivas. Al mismo tiempo, los gobiernos, a nivel global, con raras excepciones, están profundamente atados a las políticas energéticas existentes. Estas, casi invariablemente, los vuelven blanco de la oposición masiva, sin importar cuál sea la chispa que encienda esta. Como una consecuencia de que el cambio climático se vuelva más y más disruptivo, los funcionarios de gobierno se encontrarán reiteradas veces eligiendo entre planes de energía de larga data y la posibilidad de perder su poder.

Dado que pocos gobiernos están preparados, todavía, para lanzar el tipo de esfuerzos que podrían siquiera comenzar a efectivamente encarar los peligros del cambio climático, serán vistos crecientemente como obstáculos para una acción esencial y, por tanto, como entidades que deben ser removidas. En breve, la rebelión climática –protestas espontáneas que pueden evolucionar en cualquier momento hacia movimientos masivos irrefrenables- está en el horizonte. Enfrentados con ella, gobiernos recalcitrantes responderán con una combinación de ajustes a las demandas populares y dura represión.

Muchos gobiernos estarán en riesgo por tales desarrollos, pero el liderazgo chino luce especialmente vulnerable. El partido gobernante ha apostado su viabilidad futura a un crecimiento sin fin sostenido por el carbono que está destruyendo sin pausas el ambiente del país. Ya se ha enfrentado a media docena de levantamientos ambientalistas como el de Ningbo y ha respondido a ellos aceptando las demandas de los manifestantes o empleando la fuerza bruta. La pregunta es: ¿cuánto tiempo puede continuar así?

Las condiciones ambientales están destinadas a empeorar, especialmente mientras China continúe dependiente del carbón para calentar los hogares y para generar energía eléctrica, y sin embargo no hay indicación de que el gobernante Partido Comunista esté preparado para tomar los pasos radicales requeridos para reducir el consumo doméstico de carbón. Esto se traduce en la posibilidad de que broten protestas masivas en cualquier momento y con una escala potencialmente sin precedentes. Y ellas, a su vez, podrían poner en riesgo la supervivencia misma del Partido – un escenario que con seguridad producirá una inmensa ansiedad entre los máximos líderes del país.

¿Y qué hay de los Estados Unidos? En este momento, sería absurdo decir que, por obra de disturbios populares, el liderazgo político nacional está en riesgo de ser barrido o incluso forzado a tomar pasos serios para disminuir su dependencia de combustibles fósiles. Hay, sin embargo, señales ciertas de una creciente campaña nacional contra algunos aspectos de esa dependencia, incluyendo protestas vigorosas contra la hidrofracturación (“fracking”) y el oleoducto de arenas de alquitrán Keystone XL.

Para el activista ambiental y escritor Bill McKibben, todo ello equivale a un incipiente movimiento masivo contra el continuo uso de combustibles fósiles. “En los últimos años”,escribió, este movimiento “ha bloqueado la construcción de decenas de plantas de energía alimentadas a carbón, peleado contra la industria petrolera hasta un empate en el oleoducto Keystone, convenciendo a un amplio espectro de instituciones norteamericanas de que se desprendan de sus porftolios de combustibles fósiles y desafiado prácticas como la minería de carbón mediante la remoción de las cumbres montañosas y el fracking”. Puede no haber logrado el éxito o el empuje del matrimonio gay, observó, pero “sigue creciendo rápidamente y está empezando a declarar algunas victorias”.

Si bien es demasiado pronto para medir el futuro de este movimiento anticarbono, parece al menos ganar fuerza. En las elecciones de 2013, por ejemplo, tres ciudades de Colorado, rico en energía — Boulder, Fort Collins y Lafayette — votaron en favor de prohibir o imponer moratorias al fracking en sus distritos, mientras que las protestas contra Keystone XL y proyectos similares están creciendo.

Nadie puede decir que la revolución energética verde sea algo seguro, pero ¿quién puede negar que las protestas ambientalistas dirigidas al tema energético en los Estados Unidos y otras partes tienen el potencial de expandirse hacia algo mayor? Como en China, los Estados Unidos experimentarán un daño genuino en los años por venir a raíz del cambio climático y de su compromiso inconmovible con los combustibles fósiles. Los norteamericanos no son, en su mayoría, gente pasiva. Confíen en que, como los chinos, responderán a estos peligros  con una ira creciente y una decisión de alterar la política gubernamental.

Así que no se sorprendan si esa revolución energética verde brota en su barrio como parte de la respuesta de la humanidad al mayor peligro que jamás ha enfrentado. Si los gobiernos no toman la iniciativa en un planeta en riesgo, alguien lo hará.

 Aquí, publicación original de este artículo, en inglés.

Aquí, texto original de la traducción de el puercoespín

 

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