Extremos

Balcanes, un desastre climático ignorado

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El autor, de origen yugoslavo pero residente en Estados Unidos, se pregunta por qué la catástrofe de lluvias sin precedentes e inundaciones en los Balcanes ha quedado virtualmente silenciada en los medios occidentales, hasta que estrellas como el tenista Nolan Djokovic llamaron la atención.

(Por Tea Obreht, para New Yorker).- El 13 de mayo, un ciclón llamado Tamara golpeó el sudeste de Europa y, en sólo unos pocos días, dejó caer el equivalente a tres meses de lluvias. Ríos y afluentes vieron sus cauces desbordados, las defensas costeras cedieron y las represas se rompieron.

Lo peor ocurrió en Bosnia, Serbia y Croacia oriental, donde cayeron puentes, se inundaron ciudades y campos. Los gobiernos de Bosnia y Serbia declararon estado de emergencia y desplegaron equipos de rescate para evacuar a los sobrevivientes de las zonas más afectadas, donde las aguas besaban los aleros de los techos.

Tomados por sorpresa y sin prevenciones, residentes acorralados por la inundación se lanzaron a barcas y alcanzaron la primera zona elevada disponible,  mientras otros luchaban por salvar  provisiones, ganado, reliquias y mascotas. Para aquellos que han vividolas guerras de la región hace dos décadas, ha sido la segunda vez en su vida que lo han perdido todo.

Mientras equipos de emergencia trabajaban frenéticamente para salvar una planta de energía en las afueras de Obrenovac, que suministra el 50 por ciento de la electricidad de Serbia, toda la ciudad quedó sumergida por el desborde del río Kolubara.

Las estimaciones actuales cifran el número de muertos entre 65 y 74, mientras más de cien mil edificios fueron destruidos y alrededor de un millón de personas se vieron afectadas.

Aunque se organizaron refugios, se colmaron rápidamente y no son óptimos. Para hacer las cosas más dramáticas, unos dos mil deslizamientos de tierra en la región alteraron extensos campos de minas colocadas desde las guerras balcánicas, y los señaladores que las marcaban.

Evaluar el impacto socioeconómico tomará su tiempo, pero  se estima que el costo de los daños causados ​​por las inundaciones superará al de las guerras que dividieron a la ex Yugoslavia, y se estima en miles de millones de dólares.

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La pregunta es: ¿a quién le importa?

La respuesta parece ser a nadie, al  menos en los principales medios de comunicación. El 17 de mayo, después de dos días de silencio en  las noticias, el tenista serbio Novak Djokovic procuró revertir en los medios occidentales, en especial la BBC y la CNN, la falta de adecuada cobertura periodística las inundaciones. Luego donó sus ganancias del Abierto de Roma y abrió un canal de donaciones a través de la Fundación Novak Djokovic.

Desde entonces, la ayuda exterior ha llegado a Serbia, especialmente desde Alemania, Austria y Rusia, que ofreció equipos de rescate, suministros médicos, alimentos, agua potable, equipos de bombeo y ropa.

La cobertura ha ganado algo de tracción en las noticias europeas y en las redes sociales, con el apoyo de un puñado necesario de celebridades y atletas como el futbolista Luka Modrić del Real Madrid, que se unieron a la causa para crear conciencia.

La primera semana de junio, la Unión Europea se preparaba para desplegar cuatrocientos soldados para ayudar en los esfuerzos de socorro en la región. La UE destinó 65 millones de euros para hacer frente a las secuelas de la inundación y Estados Unidos aportó 26 toneladas de suministros, a pesar de su ayuda financiera ha sido relativamente pequeño.

Como yugoslavo-estadounidense ahora residente en Nueva York, me resulta imposible, en esta situación, no recordar el huracán Sandy: la cobertura al minuto de su devastación de la Costa Este, los 7.400 miembros de la Guardia Nacionaldesplegados, la avalancha mundial de solidaridad, el concierto cargado de estrellas del 12 de diciembre de 2012.

Y es imposible no preguntarse por qué tantos amigos y colegas, que siguen las noticias y tienen una fuerte presencia en las redes sociales, preguntaron por el bienestar de mi familia en los Balcanes recién unas semanas después de las inundaciones alcanzado por los medios. No habían tenido la menor idea de que había ocurrido un desastre . Ahora se está volviendo dolorosamente claro que la ventana de oportunidad para una conmoción útil en los medios de comunicación occidentales se está cerrando.

Este silencio apunta a una triste realidad: la indiferencia hacia las inundaciones es sólo el último ejemplo del lavado de manos occidental frente al creciente abandono y a la denigración de los Balcanes, que comenzó a principios de los 90 y continúa hasta nuestros días.

Versión completa del artículo de TEA OBREHT, para  The New Yorker, aquí.

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