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El Louvre pronostica lluvias y se muda

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El museo toma recaudos: el gobierno francés da por seguro que París volverá a sufrir una inundación como la de 1910, cuando las lluvias desbordaron el Sena, convirtieron la Ciudad Luz en una segunda Venecia y causaron pérdidas por unos actuales mil millones de euros.

La pregunta no es si la inundación histórica del Sena en el París de 1910 puede repetirse, sino cuándo. Ante la evidencia climatológica, las colecciones en reserva del Louvre, hoy almacenadas en una zona inundable del museo, serán reubicadas en un anexo del Louvre de Lens, en Pas-de-Calais, al norte de Francia.

El anuncio fue hecho por el ministro de Cultura, Aurélie Filippetti, durante las Jornadas del Patrimonio, en septiembre de 2013. El proyecto será financiado por la región de Nord-Pas-de-Calais y con los réditos que dé el proyecto que el Louvre desarrolla en Abu Dhabi.

El acuerdo tripartito para concretar el traslado será firmado por el Ministerio de Cultura, el Museo del Louvre y esa región francesa en las próximas semanas.

Inaugurado en diciembre de 2012, en una antigua zona minera a 200 kilómetros de París, el Louvre-Lens exhibe obras maestras y exposiciones del Louvre, y ya tuvo un gran éxito de asistencia.

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El moderno Louvre-Lens.

Estas reservas artísticas del Louvre debían ser inicialmente transferidas a la colección Cergy-Pontoise (Val-d’Oise). Este centro debía preservar las colecciones del Louvre y de otros museos más importantes de la capital francesa. El proyecto se inició en 2008 bajo la presidencia de Nicolas Sarkozy cuando el Louvre era dirigido por Henri Loyrette.

Pero por falta de una gestión adecuada de la financiación, la ministra Filippetti ordenó paralizar el proyecto el año pasado y pidió a su cartera y al Museo del Louvre , cuyo jefe desde abril es Jean-Luc Martinez, revisar el asunto de algún modo.

La ministra agradeció a Daniel Percheron, presidente de la región de Nord-Pas-de-Calais, por su “inquebrantable compromiso con el patrimonio y los museos” y confirmó las tareas de traslado de las reservas artísticas.

La zona ya había financiado casi el 60 % del coste total del proyecto Louvre-Lens (150 millones) y proporciona el 80% del presupuesto operativo de la institución pública de la cooperación cultural. Ahora, financiará al menos la mitad del proyecto de protección de los envíos del Louvre París.

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Una sociedad en la que los ciudadanos están así, a discreción de los elementos, es “como una casa sin tejado”. La frase podría haber sido pronunciada estos días –y quizá lo haya sido– en relación con el trágico terremoto que ha asolado Haití. Pero en realidad fue escrita en 1910 y la sociedad a la que aludía no era la haitiana, sino la francesa de principios del siglo XX.

Su autor, el histórico dirigente socialista Jean Jaurès, expresaba de esta forma en el diario L’Humanité la amarga sorpresa que supuso para París, en pleno despegue hacia a la modernidad, descubrirse vulnerable ante la fuerza de las aguas.

Hace ahora cien años, entre el 20 y el 28 de enero de 1910 –la llamada “semana terrible”–, la capital francesa quedó parcialmente engullida y paralizada por una de las mayores inundaciones de la historia provocadas por el río Sena, cuyo desbordamiento puso seriamente en evidencia su fragilidad. Libros, cruceros turísticos y exposiciones –particularmente, la organizada en la Galería de las Bibliotecas de París, con numerosas fotografías y documentos inéditos– rememoran hoy aquel acontecimiento y recuerdan que el riesgo, estadísticas en mano, sigue muy presente.

En los primeros días de 1910, todo París bullía de expectación ante el inminente estreno, en el teatro de la Porte de Saint-Martin, de Chantecler, la última obra del célebre autor de Cyrano de Bergerac, Edmond Rostand. Pero un espectáculo natural inesperado iba repentinamente a desviar la atención de los parisinos y obligaría a posponer el tan anhelado estreno teatral.

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El nivel del río Sena, alimentado por las recurrentes lluvias de los meses anteriores, empezó a subir vertiginosamente y en tan sólo una semana pasó de 3,80 a 8,62 metros, una altura sólo superada por poco –8,96– por la gran inundación de febrero de 1658. Las aguas pronto llegaron hasta el pecho del guerrero suavo del puente de Alma –hoy elevado respecto a su posición inicial– antaño tomado como referencia por los parisinos. Y se desbordaron.

Lo que en un primer momento fue causa de curiosidad e incluso motivo de gozo –los ciudadanos afluían a las riberas del río para contemplar el inusual espectáculo de París transmutada en Venecia– se convirtió pronto en una pesadilla. El agua invadió las zonas más próximas al río –473 hectáreas, 130 calles, 40 kilómetros de vía pública– y anegó sótanos y conducciones subterráneas hasta la estación de Saint-Lazare. Numerosos habitantes se vieron confinados en sus casas, a las que sólo se podía acceder mediante escalas, y se les procuraban alimentos por barca.

La inundación tuvo como consecuencia directa el corte del suministro de gas, electricidad y teléfono en gran parte de la ciudad, así como del aire comprimido que hacía funcionar ascensores y los 5.800 relojes públicos de la ciudad, detenidos por capricho del Sena en una hora fantasma.

El transporte público quedó completamente bloqueado. El tranvía y el metro –del que ya funcionaban seis líneas en la época y había otras cuatro en obras–, así como gran parte de la red de ferrocarril –con cuatro estaciones inundadas: Orsay, Lyon, Saint-Lazare e Invalides–, dejaron de funcionar, mientras el transporte fluvial, muy importante entonces, quedó inoperante por estar los puentes cegados.

Como alternativa, las autoridades movilizaron a los 75.000 caballos que quedaban en la ciudad para arrastrar los viejos ómnibus por las calles empantanadas: muchos de aquellos animales morirían de agotamiento o neumonía. Lo mismo que una jirafa y dos antílopes del zoo del Jardin des Plantes, de donde los animales más grandes –entre ellos dos osos polares– no pudieron ser trasladados a otro lugar.

El impacto fue enorme. Un total de 20.000 edificios –la cuarta parte de todos los inmuebles de París– acabaron inundados y 150.000 parisinos resultaron damnificados. Peor fue todavía en la banlieue, con industrias cerradas y numerosas poblaciones –Maisons-Alfort, Corbeille, Gennevilliers, Asinières-sur-Seine…– anegadas, que arrojaron a la capital a 200.000 desplazados más. Siete personas murieron en Château-Landon por el hundimiento de una cantera.

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El ejército fue movilizado para atender a los afectados, en cuya ayuda se volcaron también las asociaciones caritativas de la época y la Cruz Roja. Algo parecido, a otra escala, a lo que está sucediendo hoy en Haití. De forma análoga, los periódicos de la época, además de realizar campañas de captación de fondos, se lanzaron a una amplísima e inédita cobertura informativa del desbordamiento, del que dejaron huella gráfica un abundante número de fotógrafos. La inundación de París en 1910 inauguró en cierto modo la era de la mediatización de las grandes catástrofes naturales.

Los daños de 1910 se evaluaron en 400 millones de francos oro, el equivalente a 1.000 millones de euros actuales. De repetirse hoy, el coste de una inundación similar sería muchísimo mayor, del orden de 17.000 millones de euros, según los cálculos de la prefectura de Île-de-France, y ello sin contar los daños en las redes de transporte, electricidad, telecomunicaciones… ni el derivado de la parálisis de la actividad económica. La densificación y urbanización del territorio multiplicarían su efecto. Los afectados serían también mucho más numerosos: 850.000 personas viven hoy en las zonas inundables, pero además 2,7 millones de habitantes se quedarían sin agua potable y dos millones, privados de electricidad. Además, cerca de 170.000 empresas se verían perjudicadas y 85.000, anegadas… No sólo París sería la víctima, sino también medio millar de municipios.

El panorama parece catastrófico, pero es perfectamente posible. El Sena ha registrado una sesentena de desbordamientos importantes desde el siglo VI, y crecidas como la de 1910 son estadísticamente posibles una vez cada cien años. Que la inundación no vaya a repetirse en el 2010 –no se dan las condiciones– no implica que no se vaya a producir ya nunca jamás. “El retorno de una gran crecida es una certeza, de la que sólo la fecha es desconocida”, sostiene Pascal Popelin, presidente del organismo público Grandes Lagos del Sena, en su libro El día en el que el agua volverá.

Desde la inundación de 1910 se han realizado numerosas actuaciones para reducir el impacto de esta gran avenida: dragado del lecho del río, elevación de los muelles y de los diques, multiplicación de los puestos de observación y construcción de cuatro grandes depósitos para aguantar el primer envite de las aguas forman parte del dispositivo puesto en marcha. Pero estos depósitos, capaces para almacenar hasta 830 millones de metros cúbicos de agua, no pueden absorber el caudal de una inundación como la de hace cien años, evaluado en 3.000 o 4.000 millones de metros cúbicos. A lo más, el nivel de las aguas sería rebajado en 70 centímetros. Muy poco…

La gran crecida no ha llegado aún, pero algunos sustos ha habido ya, en el 2001 y en el 2004 los más recientes. Desde el 2003, la región de París cuenta con un detallado plan de prevención y de actuación en caso de riesgo de avenida. El compromiso de las autoridades es poder alertar de las crecidas con tres días de antelación, que es lo que necesitan las grandes empresas de servicios y transporte, así como los museos, para proteger sus instalaciones. Porque lo que es seguro, inevitable, es que el agua volverá un día a anegar las calles de París.

Texto completo de lagotafria.blogspot.com aquí

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