América Latina

La argentinidad y las cosas del clima

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El final de 2013 dejó la ola de calor más larga que hayan soportado en más de un siglo la ciudad de Buenos Aires con su área metropolitana (16 millones de habitantes) y el centro-norte de Argentina, al menos desde que el país tienen registros sistematizados, en 1906.

Durante dos interminables semanas de diciembre, esa parte de la población soportó temperaturas que rozaron los 38°C con mínimas superiores a los 25/26°C, un período más extremo que los terribles veranos porteños de diciembre de 1971, marzo de 1980 y febrero de 1987, confirmó el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), que declaró el “alerta roja”.

“No sólo es récord la secuencia de días de ola de calor sino que además, ya se han superado récords de persistencia de días con temperaturas mínimas extremas (16 jornadas) y con temperaturas máximas extremas (nueve días consecutivos)”, informó el SMN.

“La excepcionalidad del fenómeno es notable: para ciudades como Buenos Aires y Rosario (300 km al N, en Santa Fe) es el mes de diciembre con mayor cantidad de días con una temperatura media superior a los 26°C”.  Santiago del Estero (centro de Argentina) alcanzó el pico de temperatura máxima del país, con 43°C y la sensación térmica más alta, de 48,2°C,  la tuvo la ciudad santafecina de Reconquista.

Los constantes cortes de energía en Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, cuando la demanda de electricidad atribuida al uso constante de aires acondicionados puso en jaque la débil infraestructura de las generadoras y las distribuidoras, agravó problemas habituales de transporte y sanitarios. Se reportaron muchas pérdidas en comercios y al menos seis muertos en distintas partes del país.

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Así, en la opinión pública preponderante, desde los calores de apagón de hace 40 años a éstos de ahora, desde la gran tormenta que inundó Buenos Aires en 1985 hasta la que devastó barrios enteros de La Plata en abril de 2013, el clima ha vuelto a quedar asociado con una sucesión interminable de desgracias que cuestan vidas y bienes.

La tentación, cada vez, es mirar al cielo y señalar al clima, apenas predecible. Pero, hay que insistir: no es el clima, somos nosotros. Primero desafiamos sus patrones: nos va mal cuando lo contradecimos expandiendo desordenadamente ciudades, en lugar de planificar y acompañarlo.

Y como no basta, lo terminamos alterando: al calentamiento global -está tan registrado como los récords de temperatura- también contribuimos por estas tierras.

Y así seguimos, ciegos, y no del calor. Costumbres argentinas.

AMÉRICA LATINA ARGENTINA OLA DE CALOR 3 EL CHOCON
Complejo hidroeléctrico El Chocón.

De niño, me gustaba salir por las noches de verano a la vereda de nuestra casa del Gran Buenos Aires a jugar con mis hermanos a formar sombras contra la medianera del jardín del frente. Los coches pasaban con sus luces altas en la oscuridad total de la calle y según se movían formaban en el muro figuras que comenzaban pequeñas, se hacían gigantes y volvían a empequeñecer antes de desaparecer. Así una y otra vez. Hasta que era hora de irse a dormir… o volvía la luz que habían cortado hace horas por problemas de suministro.

Eran fines de los ’60 y los cortes masivos de energía eléctrica eran habituales. Eran los tiempos de la estatal SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires). Las velas y los faroles de noche estaban siempre a mano, porque la emergencia era lo habitual. Entre esos juegos de sombras, recuerdo todavía a mi padre, entusiasta de las grandes obras de infraestructura, prometerme confiado que yo ya vería, que cuando terminaran la represa hidroeléctrica El Chocón-Cerro Colorado, sobre los ríos Limay y Neuquén, en la Patagonia, nos iba a sobrar electricidad y los veranos no serían más frescos, pero sí iluminados.

Todavía no había sobrecarga por aires acondicionados: no había casi aparatos de aires acondicionado en ese popular Gran Buenos Aires. Algunos lavarropas sí, tampoco microondas.  Pero el Chocón solventaría dos problemas a la vez: el déficit de energía eléctrica del área metropolitana de Buenos Aires en desordenada expansión  y, lejos, en la Patagonia, contener las históricas crecidas de los ríos Limay, Neuquén y Negro que afectaban zonas urbanas y productivas del Alto Valle y del Valle Medio de Río Negro hacía décadas, en especial en  1945 y 1951.

La primera turbina de la represa entró en servicio en 1972 y la sexta y última, en 1977 (en plena dictadura). En la misma evolución llegarían Planicie Banderita, Futaleufú y Santo Grande. Y las centrales nucleares de Atucha I y Embalse. La bestia de hormigón y máquinas giratorias de El Chocón reguló después mejor nuevas crecidas y liberó agua en las sequías de la región.

Crecí y por mucho tiempo no hubo más juegos de sombras. Más y más personas seguimos habitando el Gran Buenos Aires.

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Pero sí nuevas olas de calor siguieron golpeando con los años. Todavía ni se hablaba del cambio climático. Recuerdo aquél 20 de marzo de 1980 de 38 grados, porque los militares en el poder entonces no tuvieron más remedio que suspender las clases y conceder un asueto para la administración pública a partir del mediodía. Las calles de la gran ciudad se despejaron un poco. La ola había comenzado dos semanas antes y se cortó un par de días más tarde.

(Ahora sabemos que las olas de calor como la de este diciembre de 2013 en la Ciudad de Buenos Aires y su área metropolitana, habitada por casi 16 millones de habitantes, duplicaron su frecuencia durante los últimos treinta años, que la temperatura media aumentó 0,6°C entre 1960 y 2010 y que la tendencia persistirá por influencia del cambio climático global. En la tabla mundial de emisores de carbono Argentina figura 29, con 129 millones de ton/3).

Ese día de 1980 la mínima fue de 26,6, la más alta del siglo desde aquella de 1901. Sólo que la terrible depresión de la actividad industrial en que la dictadura militar había puesto a la economía argentina desde 1976n (presa de la especulación financiera y el desempleo) y los mínimos dispositivos eléctricos en el hogar hacía casi imposible una sobre demanda de energía.

Igual, algún que otro corte aislado había (por si fuera poco, con sus colegas de la dictadura paraguaya se robaban todo lo que podían, y más, del proyecto binacional de Yacyretá, uno de los más grandes del mundo, que arrancó recién en 1991). Todavía seguíamos sin el mar de splits de aire acondicionado que vendría.

El clima seguía su camino global de cambio inducido por una economía mundial de consumo en expansión.

AMÉRICA LATINA ARGENTINA OLA DE CALOR 2 BUENOS AIRES 1985

Pasemos al agua. También recuerdo especialmente aquella tormenta del 31 de mayo de 1985 en Buenos Aires. El avión que trasladaba de regreso al presidente Raúl Alfonsín desde Bariloche, donde había visitado instalaciones muy modernas de medicina nuclear en la empresa INVAP,  terminó desviado a Mar del Plata. Los cronistas que lo acompañábamos, directamente, quedamos en el Sur.

La capital mantenía sus tres millones de habitantes permanentes, los mismos más o menos desde los años 50, pero los que entraban y salían desde y hacia el Gran Buenos Aires se habían multiplicado exponencialmente. No, en cambio, la infraestructura que debía servir a semejante movimiento administrativo, comercial y social.

Sobre ese desajuste, cayeron 300 milímetros en 36 horas. Hubo 14 muertos y casi 100 mil evacuados. Los arroyos de la ciudad, entubados desde los años 30 en busca de la modernidad,  explotaron. No eran castigos del clima, sino despropósitos de la ciudad (de hecho, sin que estuviera muy claro ni siquiera para los científicos, el calentamiento global que empezaba a mostrar sus efectos en el sistema climático era provocado por la acción humana).

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En el interior de la provincia de Buenos Aires, parte del corazón de la Pampa húmeda que explica la producción primaria del país hace más de un siglo, en la década del 70, comenzó también un período natural más húmedo y aumentó la frecuencia de inundaciones, según documentos oficiales (Subsecretaría de Recursos Hídricos de la Nación, 2003). Las hubo en 1980, luego las más graves en 1985, 1986 y 1987, pero también en 1993 y 2000, según el CESAM.

El gobierno reaccionó con un plan de recursos. El Plan Maestro Integral de la Cuenca del Río Salado (PMI-CRS) se propuso “proteger el valor ambiental de la cuenca”, “mejorar las condiciones económicas” y “mitigar los impactos negativos de inundaciones y sequías”. En 2004-2012, se ejecutó dos de las cuatro etapas, o 40% del total del plan de 600 kilómetros. Y ahí quedó.

En cambio, el país dio como “natural” el corrimiento de las fronteras agrícolas que llevaron el monocultivo de soja hasta zonas impensadas, con un espectacular beneficio económico a corto plazo: muchos esperaban que eso se tradujera en mayores obras de infraestructura y mayores inversiones en energía sustentable (pero el petróleo que se dejó de producir no se reemplazó con otra fuente, sólo se comenzó a importar. Lejos del ejemplo escandinavo).

AGUA INUNDACIONES LA PLATA 2013 LLUVIAS

Habían pasado 28 años de aquel “diluvio” de 1985 cuando, en abril de 2013, sin radares meteorológicos suficientes ni adecuados en funcionamiento que pudieran advertirlo, cayeron más o menos los mismos milímetros en poquísimas horas, primero sobre Buenos Aires y después sobre La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, 50 kilómetros al sur de la capital del país. Esta vez, los muertos se multiplicaron por más de cinco, al menos 78 en La Plata y 6 en la capital.

La misma combinación de cemento y superpoblación, aliviada en el caso de la ciudad de Buenos Aires por la construcción y ampliación de algunos canales (sólo pueden “aliviar” considerando las cuencas naturales, la inclinación del terreno, el hormigonado de las calles y la crecidas del Río de la Plata, según coinciden todos los expertos), resultó letal en algunos barrios de La Plata. La falta de obra y planificación urbana quedó trágicamente al desnudo.

Como había escrito antes Jorge Capatto a propósito de las repetidas inundaciones de Santa Fe por las crecidas del río Paraná: algunas autoridades recomendaron refundar la ciudad, pero entonces “también hay que refundar el Estado”.

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Los cortes de energía eléctrica masivos de este diciembre de 2013 en la capital y el Gran Buenos Aires -que recordaron los del crítico 1989, año de crisis económica y arcas del Estado vacías como pocos en la historia argentina- fueron atribuidos por el actual gobierno a una combinación de noticias buenas y noticias malas.

Las buenas: una demanda histórica en el consumo, debida al crecimiento de la economía durante la última década, que superó los 23 mil 300 megavatios (aun un sábado, más de 20 mil). En 2004 se vendieron 220 mil splits de aire acondicionado, en 2012 diez veces más, 2,2 millones. Nos va muy bien, ha sido el argumento.

Entonces, lo que hace falta es un “uso racional” de la energía mientras dure la ola de calor. Seguirá habiendo cortes, pero energía, hay. De hecho, el gobierno asegura que durante la última “década ganada” se invirtió en infraestructura energética un tercio de lo que en toda la historia del país.

El problema, y éstas son las malas noticias según el gobierno, es que la empresas distribuidoras han desinvertido en las redes domiciliarias, que quedaron obsoletas y, apenas sube la demanda, hace estallar cables troncales y centrales barriales (al menos una se incendió en el barrio porteño de Caballito el 29 de diciembre).

Para las empresas el problema es -¡como no podía ser de otra manera!-… el clima.

El vocero de una distribuidora lo resumió con mucha simpleza: todo se complica cuando las temperaturas mínimas superan los 24°C y la ola de calor se instala. Todos los que pueden, porque no tienen más remedio, apuntan al split y hacen ¡click!

(Mientras tanto, la oposición se pregunta por qué los precios de todos los bienes se multiplicaron por cinco en la última década, y el costo de la electricidad por cero, hasta hacer económicamente ilógico no comprarse y usar un split. La electricidad es hasta 17 veces más barata en el país que en la región. Y cómo fue que Argentina pasó en muy pocos años del superávit al déficit energético general e importa ahora más de 13.000 millones de dólares anuales para equilibrarlo).

En agosto 2013,  se anunció la licitación de las represas de Cóndor Cliff-Presidente Néstor Kirchner (1140 megavatios) y La Barrancosa-Jorge Cepernic (600 megavatios), sobre el río Santa Cruz, el cuarto en caudal del país, con una inversión de 21 mil millones de pesos (2.187 millones de dólares, aproximadamente). Entre las dos represas, el complejo hidroeléctrico debería generar 1.740 MW, sólo detrás de Yacyretá (3.200 MW) y de Salto Grande (1.800 MW).

El anuncio de la misma licitación de las dos represas santacruceñas fue el cuarto repetido en cinco años. El mismo tiempo en que tardó en construirse El Chocón. La argentinidad al palo.

El 3 de noviembre de 2013, a siete meses de la terrible tormenta de La Plata (78 muertos según cifras oficiales y 200 mil hogares afectados), los vecinos de la asamblea de inundados seguían haciendo “mateadas” y “piletazos” frente a la municipalidad local, para exigir justicia por las víctimas del trágico temporal.

El gobierno provincial aseguró después que la Nación le había asegurado un préstamo de 1.973 millones de pesos de inversión en obras para prevenir otra inundación. Hasta ahí sólo el 15 por ciento de los afectados había recibido algún tipo de ayuda económica.

EXTREMOS INCENDIOS BUENOS AIRES CALOR

En diciembre de 2013, con la temperatura yendo hacia los 40° pronosticados de máxima para Nochebuena, el gobierno lanzó otra licitación de un “megaplan de infraestructuras”.

Fue otra represa hidroeléctrica, esta vez la de Chihuido, provincia de Río Negro, valuada en 2.103 millones de dólares. Cuando esté en funcionamiento (cuando esté, si todo sale bien, en cuatro años desde el inicio de las obras), aportará 1.750 gigavatios al sistema interconectado nacional.

Chihuido tendrá una potencia instalada de 637 MW. La mitad (¡la mitad!) de la usina de El Chocón, construida hace 40 años. Las olas de calor en Buenos Aires ya llevaban una década aumentando su frecuencia.

El cambio climático tuvo su compañía: autopistas atestadas de automóviles (record de casi un millón vendidos en Argentina en 2013) o el querido split de aire acondicionado colgado en el dormitorio.

Si bien lejos de la fantasía tropical, Buenos Aires está indudablemente afectada por el cambio climático, como el resto del planeta. Pero como se ve, no es el clima contra nosotros. Más bien, somos nosotros contra él.

Por Eduardo de Miguel, de Tiempo Inestable

 

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