Historias / Meteorólogos

Meteorólogas, a la conquista antártica

HISTORIAS ANTÁRTIDA NOEMÍ AFUERA

Noemí Troche fue la primera mujer, y no será la última, en ser la Jefa del Centro Meteorológico Antártico Marambio, responsable de emitir los pronósticos meteorológicos para la Península Antártica, desde la base argentina Marambio. Llegó en 2005: “Cuando caí donde estaba, que había cumplido mi sueño de llegar a la Antártida, me largué a llorar. Y me quedé seis meses”.

Esta meteoróloga de Tandil encarna una profesión sin cuyas sugerencias nadie, incluyendo investigadores científicos del clima, puede empezar la jornada en las bases antárticas. De su evaluación depende la salud del cordón umbilical de la Península Antártica con el continente: los vuelos de los Hércules C-130. De algún modo, Noemí hizo historia en lo suyo, y lo cuenta en Tiempo Inestable.

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Noemí ingresó en el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) de Argentina en 1986. Los militares habían dejado el gobierno hacía dos años, pero no el servicio meterológico, que siguió bajo el control de la Fuerza Aérea hasta 2007, que quedó bajo administración civil. Su deseo siempre estuvo ahí: ira a la Antártida, como meteoróloga.

Pero en ese momento las mujeres estaban excluidas de un destino como la Base Marambio. Recién del 2000 en adelante se fueron incorporando a algunas tareas. “Mi sueño revivió. Me anoté varias veces, no fui seleccionada, hasta que en 2005 se dio la posibilidad”, recuerda.

“Iba con toda la ansiedad y las ganas de trabajar, y de dar lo mejor de mí. En esa primera semana, la base estaba constantemente en operaciones, había muchísimo trabajo, todos estábamos exigidos al máximo. Cuando terminó la descarga, al día siguiente, y me levanté para ir a cubrir el turno en el centro meteorológico, el día nos había sorprendido con una nevada. Hasta ese momento habíamos tenido mal tiempo y poca visibilidad, pero no nieve. Ahí caí dónde estaba, que había llegado a la Antártida y mi sueño se había cumplido. Me largué a llorar. Y me quedé casi seis meses”.

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La auxiliar de pronóstico Fernanda Díaz, en lo suyo.

En 2008 fueron otros seis meses, y en 2010 y 2011 estuvo casi todo el año, como jefa del Centro Meteorológico, con tareas de coordinación desde Río Gallegos desde 2012. La proporción de mujeres en Marambio es hoy de una cada diez integrantes permanentes, como la auxiliar de pronóstico Fernanda Díaz. Noemí recuerda: “Cuando llegué, en 2005, había sólo una mujer en la dotación permanente, a la que me sumé yo como transitoria. Después se fueron sumando otras, por ejemplo en tareas científicas”.

Los rigores del trabajo del meteorólogo en la Antártida se hicieron evidentes desde el principio. Llegó un 12 de diciembre de 2005, a las 4 de la mañana, aunque a las puertas del verano en la Antártida (apenas unas horas de nocturnidad) ya era de día. A las 8 ya le avisaron que había llegado el rompehielos “Almirante Irízar”, que comenzaba las descargas de la campaña de verano.

Esas primeras operaciones de aprovisionamiento de la base, que necesitan de la permanente asistencia de los meteorólogos por eventuales cambios bruscos de tiempo o nieblas que impidan el trabajo de los helicópteros, llevaron una semana sin parar.

Había un pronosticador jefe y Noemí llegaba como refuerzo a ese equipo de nueve o diez personas. En el centro meteorológico de la Base Marambio hay regularmente uno o dos pronosticadores (por lo general en temporada de verano son dos por la cantidad de operaciones durante casi todo el día). También uno o dos auxiliares de pronóstico, y tres o cuatro observadores meteorológicos, y los encargados de radio-sondeos y ozono-sondeos, que lo hacen dos personas.

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Las dos bochas del heliofanógrafo en el campo meteorológico de Marambio, para registrar la cantidad insolación desde el Norte y desde el Sur.

La estación presta servicios al resto de las bases permanentes y temporarias. En las permanentes hay dos observadores meteorológicos (son la Belgrano 2, la Orcadas, la San Martín, la Carlini-Jubany y Esperanza).

En Marambio, como en otras grandes bases antárticas, el trabajo de los meteorólogos, sus observaciones, anotaciones, cartas y pronósticos son claves mientras un buque hace la descarga y los dos helicópteros van y vienen desde las instalaciones, a 200 metros sobre el nivel del mar.

El pronóstico necesita un responsable en la oficina y por lo general el otro está en la torre de control de la base, a unos 300 metros de distancia, para alertar sobre posibles desmejoramientos temporarios durante la operación. Se imprime el pronóstico al jefe de la base a primeras horas de la mañana y ahí se deciden todas operaciones de la base.

Lo más común es que se reduzca la visibilidad por un banco de nieblas o por el fenómeno conocido como “mar de nubes”, característico de la zona de Marambio, una nubosidad tipo estrato que viene pegada al mar y que al elevarse por el calentamiento se eleva a la meseta y reduce la visibilidad a cero metro a nivel de la meseta.

“Hay veces que en diez minutos, de 5 kilómetros de visibilidad se pasa a tener apenas 100 metros, o 50 o cero. Como es muy riesgoso para la operación aérea y hay que interrumpirla. Después el calentamiento quiebra la capa nubosa o cambia la dirección de los vientos y todos se retoma”.

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En la campaña de verano, las operaciones aéreas se suceden, con aviones Hércules C-130 que vienen desde Río Gallegos, en el sur de Argentina, con helicópteros Bell 212, o este verano con la primera participación de los MI-17 (en la foto), y con un avión Twin Otter que hace despliegue de científicos a campamentos desde Marambio, “en jornadas muy largas, en las que se opera casi todo el día”.

El pronóstico se hace dos veces por día y abarca el área adyacente a la Península Antártica, el Mar de Bellingshausen, el Mar de Weddell y el Drake sur. Es un informe que sale vía internacional a través del SMN y se recibe en organismos internacionales. También se pronostica para la navegación aérea, dos veces al día. Y por pedido de cada base, según el despliegue que tenga que hacer cada una, cada día.

¿Cómo se las arregla un pronosticador como Noemí para hacer bien su trabajo? “Usamos todos los productos elaborados y procesados del SMN, además de otras páginas que consultamos de distintos modelos meteorológicos internacionales, de cuatro a cinco distintos, para poder elaborar el nuestro. Hay modelos de escala sinóptica (hasta mil kilómetros) y otros de mesoescala (hasta unos cientos de kilómetros), que sólo abarcan la Península Antártica. A eso, le sumamos imágenes satelitales, datos de superficie de todas las estaciones antárticas argentinas y de otros países”.

La oficina donde trabajan los pronosticadores como Noemí está en el alojamiento principal de Marambio. Cada uno, con el observador meteorológico y el auxiliar de pronóstico, tiene su computadora. El observador vuelca los datos que toma por hora, los transmite al SMN y de ahí salen hacia todo el mundo. También se hacen observaciones de datos de superficie glaciológicas, del estado del hielo sobre el mar.

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El equipo de pronosticadores, en una pausa. Afuera, todo el frío antártico.

Otra oficina concentra la observación de altura, con radio-sondeos y ozono-sondeos, que registran cómo está la atmósfera sobre Marambio, el viento, la temperatura y concentración de ozono. Esos datos son volcados en informes sinópticos y meteorológicos y transmitidos también al SMN para su difusión internacional.

“Por lo general, es el pronosticador de turno el que toma la decisión de emitir un pronóstico. Los auxiliares lo ayudan a bajar toda la información, pero la responsabilidad es de él o ella. Si hay algún vuelo importante en el que la meteorología está muy complicada, se consulta y coordina con el pronosticador de apoyo en Río Gallegos, o se pide consulta a los del SMN destinados a Antártida. Pero la sugerencia final la evalúa el pronosticador de Marambio”.

Cuando hay una operación de vuelo de C-130 Hércules, hay un equipo de apoyo meteorológico en Río Gallegos, un trabajo que Noemí hizo este mismo verano de 2014. “El pronosticador de Marambio, con el de Río Gallegos, sugiere el mejor horario para despegar. El trabajo es el mismo, con los mismos modelos e imágenes satelitales, pero se agregan observaciones desde la torre de control de Marambio. Debido al relieve de la isla, se hace fundamental la observación desde una mayor altura, divisar las islas aledañas y ver si la superficie del mar está libre de nubes, para finalmente determinar el mejor horario del cruce”.

En verano se puede operar desde las 2 o 3 de la mañana hasta las 24 del día siguiente. Eso se reduce a sólo tres horas de sol en invierno. En verano, se puede operar hasta dos vuelos de Hércules C-130 al día.

“El horario lo determinan las condiciones meteorológicas del día, a las 3 de la mañana o a las 10 de la noche”. El vuelo desde Río Gallegos a la Antártida lleva unas tres horas, pero según la intensidad del viento en altura puede tardar hasta casi cuatro horas. Son siempre vientos del Noroeste o del Sudoeste, que por lo general se dan en esas latitudes subpolares, de entre 40 y 60 nudos. En situación atípica, pueden superar los 80 nudos.

Al sur y al este de la Península Antártica, “las condiciones desmejoran muy rápidamente y se han dado casos en los que han llegado sobre Marambio y no pudieron aterrizar”. El Hércules tiene unos 20 minutos aproximadamente de margen de sobrevuelo, para encontrar en ese tiempo un mejoramiento de las condiciones que les permita aterrizar. “Si no abrió, hace un intento de aterrizaje y si no lo logra, vuelve a Río Gallegos y cargado como llegó”.

“En Marambio, aprendí que hay que dormir mientras pueda. Siempre surge algo una operación aérea, o un temporal, que te corta. Las horas de descanso son pocas, de por sí”. En época normal, sin operaciones aéreas, se arranca a las 6 de la mañana, hasta el almuerzo, cuando se hace el pronóstico para mares adyacentes y para la navegación aérea, que esperan en todo el mundo. Y el pronóstico para cada una de las bases permanentes. El descanso termina a las tres o cuatro de la tarde y vuelta a la oficina, para hacer otro pronóstico para las cuatro de la tarde como el de la mañana, además de la actualización de los de las bases.

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Noemí y otra mujer clave en la base, la controladora aérea Mariana Domínguez.

Además, hay que estar haciendo la vigilancia meteorológica desde la torre de control, a donde pueden ir el pronosticador, el auxiliar o el observador, con el pronosticador haciendo el seguimiento de las condiciones para transmitírsela, por ejemplo, a los pilotos.

Noemí y otros meteorólogos tienen su lugar descanso a unos 50 metros de la oficina de trabajo, siempre dentro del alojamiento principal, donde también están el salón comedor, la sala de juegos, la sala de sanidad.

“Pero se sale igual, porque si se está esperando un vuelo, hay que ir a la torre. Si se trata del aterrizaje de un Hércules, hay que estar tres o cuatro horas antes en la torre. Y si operan el Twin Otter o los helicópteros, hay que quedarse ahí mientras operan, aunque lo pueden hacer un observador meteorológico o el auxiliar”.

Para Noemí, las operaciones aéreas son apasionantes y la pericia de los pilotos es increíble. “Muchas de los vuelos de Hércules te dejan sin palabras. Uno se pregunta cómo pueden operar. ¡Cuánta maestría para aterrizar, en condiciones de visibilidad reducida, de vientos muy fuertes, de plafond bajo! Se te eriza la piel…”.

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Todo el trabajo de las bases antárticas, programarlos y realizarlos, depende de las evaluaciones de sus meteorólogos. “Uno emite el parte diario para la base a las 8 de la mañana y eso define si se puede salir a trabajar, por vientos y temperaturas que combinados pueden provocar hasta el congelamiento”.

“En temporales, cuando aumenta repentinamente el viento y, por la nieve suelta, se genera ventisca la visibilidad se reduce a cero. El zumbido del viento te termina mareando y quitando orientación. Hubo quienes se han perdido cruzando de una instalación a otra. El propio observador meteorológico, cuando va a recoger los datos, tiene que ir acompañado de otra persona para evitar riesgos”.

El meteorólogo es una referencia central que anticipa a todos qué pueden hacer y qué no en el exterior de la base. Las temperaturas pueden llegar a -30°C y aun así hay tareas para realizar y la gente tiene que salir. Si le sumás el viento, llega a los -40 o -45°C.

“Pero la base es como una casa, siempre hay algo para reparar en el exterior”. El meteorólogo es como un periodista que siempre tiene la noticia más importante: cómo está el tiempo y cómo va a estar. Y ahora también las mujeres tienen esa palabra: palabra de meteorólogas.

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