Historias

El siglo trae un nuevo apartheid, el climático

El complejo Eko Atlantic, frente a Lagos, Nigeria, augura cómo los súper ricos explotarán la crisis del cambio climático, profundizarán la desigualdad y se protegerán a sí mismos de los impactos.

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(Por Martin Lukacs, para The Guardian). Es un espectáculo para la vista. Justo en las afueras de Lagos, en la costa de Nigeria, emerge una isla artificial. Una base, construida con arena dragada del fondo del océano, se extiende por más de 10 kilómetros.

Videos promocionales describen lo que se viene: una ciudad con edificios inmensos, viviendas para 250 mil personas y un boulevard central que imita la Avenida de los Campos Elíseos en Francia y a la Quinta Avenida, de Nueva York.

La construcción es de fondos privados, también será administrada de forma privada y contará con electricidad, agua, transporte público y seguridad. El director del Banco Mundial para Nigeria anticipó que se trata de “una futura Hong Kong de África”.

Bienvenidos a Eko Atlantic, una ciudad cuyo “entero propósito” es “detener la invasión del océano”, dicen los emprendedores. “Al igual que muchos países africanos con costas bajas, Nigeria fue golpeada duramente por un aumento del nivel del mar, que se llevó miles de hogares”.

Para combatir la erosión de la costa y las inundaciones, la ciudad está siendo rodeada por la “Gran Pared de Lagos”, una barrera hecha de 100 mil bloques de cinco toneladas de concreto. Eko Atlantic será una “ciudad sustentable, con energía limpia y eficiente con mínimas emisiones de cabono”, que ofrecerá trabajo, prosperidad y nuevas tierras para los nigerianos y sirve como un baluarte en la lucha contra los impactos del cambio climático.

Al menos eso es lo que dice la historia oficial. Otros factores, en cambio, sugieren que esta ciudad atractiva será un encanto amenazante para la mayoría.
En la congestionada Lagos, la capital nigeriana y la ciudad más grande de África, hay pocos empleos y millones de personas trabajan de manera informal. El 60 % de la población de Nigeria -casi 100 de las 170 millones de personas- vive con menos de un dólar al día.

Las enfermedades que se pueden prevenir están en todos lados y es difícil acceder a electricidad y agua potable. A pocos kilómetros de la costa de Lagos, los nigerianos se ganan la vida trabajando en Makoko, un barrio marginal construido sobre pilotes sobre el océano. El gobierno regularmente desmantela esos barrios, derribando casas y desalojando a miles de nigerianos. Esta es la gente que no podrá acceder a Eko Atlantic.

Quienes están detrás del proyecto -dos hermanos libaneses con conexiones políticas que dirigen un imperio financiero llamado Chagoury Group, y varios bancos africanos e internacionales- dan una idea de quienes serán recibidos en la ciudad.

Gilbert Chaougry era un asesor cercano a la conocida dictadura nigeriana de mediados de la década de 1990 que ayudaba a generales ultracorruptos como a Sani Abacha, que saqueó miles de millones de las arcas públicas. Abacha mató a cientos de manifestantes y ejecutó al ecologista Ken Saro-Wiwa, quien saltó a la fama en protesta por el saqueo del país por parte de Shell y otras empresas petroleras multinacionales.

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El primer edificio torre de 15 pisos en Eko Atlantic está siendo construido justamente para una compañía británica de petróleo y gas. La ciudad cuyo propósito en teoría es detener la devastación ambiental será habitada por los principales responsables de la devastación.

(…) En Nigeria, la riqueza del petróleo saqueado por la élite militar dio lugar a las desigualdades extremas y puso la economía patas para arriba. Bajo los dictados neoliberales del FMI, la situación empeoró: la educación y el sistema de salud fueron desmantelados, las industrias privatizadas y los agricultores arruinados por productos occidentales objeto de dumping en sus mercados.

El Banco Mundial festejó a Nigeria, pero la pobreza extrema se duplicó. El más notorio abuso del poder del estado nigeriano a favor de los más poderosos ocurrió en 1990: un distrito entero de Lagos, con 300 mil hogares, fue arrasado para despejar la zona para proyectos residenciales de lujo.

Las elites de Nigeria abrazaron la desigualdad como el motor del crecimiento y de esa manera revivieron las formas más extremas de segregación colonial. Hoy, las boutiques de lujo no abren lo suficiente rápido como para servir a los millonarios nigerianos que compran autos de lujo y yates que estacionarán en la marina de Eko Atlantic.

Mientras tanto, miles de personas que viven en las comunidades en las costas creen que la ciudad nueva traerá más desplazamientos y nada de prosperidad, advierte el activista Nnimmo Bassey.

Para conseguir su propósito los desarrolladores del emprendimiento, respaldados por industriales y políticos, pasaron por alto el proceso de evaluación ambiental del país. “Construir Eko Atlantic es contrario a lo que uno haría si quisiera tomar en serio el cambio climático y el agotamiento de los recursos”, dijo Bassey.

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Los ricos y poderosos pueden, de hecho, tomar en serio el cambio climático: no como una demanda para modificar su comportamiento, sino como la oportunidad más grande para realizar sus sueños de acumulación y consumo sin restricciones.

Los capitalistas detrás de la ciudad nueva tomaron el cambio climático para apoyar los planes de las corporaciones de construir la ciudad de sus sueños, un insulto arquitectónico para las circunstancias diarias de los nigerianos. Los pobres, criminalizados y abandonados fuera de sus muros, una vez pudieron haber sido justificación suficiente para mudarse y fortificarse, pero ahora tienen la muy real amenaza del cambio climático también.

Eko Atlantic es donde se puede empezar a ver un futuro posible: una visión de zonas verdes privatizadas para los más ricos sin problemas de agua ni electricidad, en el que el exceso de población agotará los recursos y les dará lugar donde refugiarse de tormentas y posibles inundaciones.

Protegida por guardias, armas y una barrera infranqueable, los precios de los bienes raíces, los ricos se protegerán a sí mismos del aumento de la pobreza y de un mar que está literalmente creciendo. Un mundo en el que los ricos y poderosos explotarán la crisis ecológica para ampliar las inequidades extremas y protegerse a ellos mismos de sus impactos, se trata de un apartheid climático.

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Las elites, como nunca antes, han usado el cambio climático para transformar vecindarios, ciudades e inclusive naciones enteras en islas fortificadas.

Ya, alrededor del mundo, desde Afganistán a Arizona, desde China al El Cairo, están creciendo como hongos mega ciudades para aquellos que puede trasladarse a zonas donde pueden vivir mejor y ofrecen zonas más verdes, con mejor transporte y tecnologías renovables, edificios y servicios ecológicos.

En San Pablo, Brasil, los millonarios -que viajan por encima de la ciudad congestionada por una flota de cientos de helicópteros- se desvincularon a sí mismos de la vida urbana tratando de escapar de un destino común.

En lugares como Eko Atlantic el escape, una secesión moral y social de los ricos, será completo. Esta utopía -consumir con rapacidad y sin fin y rechazar cualquier apariencia de impulso colectivo y preocupación- es simplemente incompatible con la supervivencia humana. Pero en el momento en que tenemos que enfrentar una economía y una ideología que empuja los sistemas de soporte vital del planeta al punto de ruptura, esto es lo que la imaginación neoliberal nos ofrece: un monumento grotesco a los ultra-ricos alejados de cualquier responsabilidad.

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De todas maneras hay alternativas, como la que propusieron para Makoko, un suburbio pobre de Lagos hogar de un cuarto de millón de nigerianos, el mismo número que pretende habitar en Eko Atlantic. 

El arquitecto nigeriano Kunle Adeyemi diseñó lo que equivale a un contrapunto del Eko Atlantic, una solución habitacional flotante con la cual ya se levantó una escuela (de hecho, es apenas la segunda escuela de Makoko).

Las instalaciones flotantes -de madera de bajo costo y animadas por barriles de plástico reciclados- tienen paneles solares, techos inclinados para cosechar agua de lluvia y baños de compost para resolver las necesidades sanitarias graves.

Nnimmo Bassey piensa que los asentamientos flotantes son justo lo que se necesita para ayudar el desarrollo sustentable de las comunidades a lo largo de la costa de Nigeria. “Es una estructura que encaja con lo sustentable, es fácil de replicar y es apropiada para el estilo de vida de las personas. Además es sensible a los desafíos de los crecimientos del mar. Ayudaría a crear lo que necesitamos: comunidades para personas, no comunidades cerradas”.

El proyecto está animado por una visión muy diferente: que debemos compartir en lugar de acumular, reducir la desigualdad en lugar de aumentarla y fomentar la capacidad de recuperación de todo el mundo en lugar de la fuga de lo peor para unos pocos. Que las necesidades de los más vulnerables, en lugar de los deseos de los más ricos, deben ser el punto de partida de cualquier esfuerzo para combatir verdaderamente la crisis climática.

Estas dos opciones frente a Lagos nos desafían. La nuestra no es la primera civilización cuyas elites han resultado espectacularmente indiferentes a la supervivencia colectiva y ecológica Depende de nosotros si vamos a ser la última.

Traducción y edición: Jimena González.

Texto completo aquí 

MAKOKO, EL CONTRAPUNTO DE EKO ATLANTIC

Makoko significa “Pueblo de pescadores” y con 250.000 habitantes es una de las “comunidades acuáticas” más conocidas de Nigeria —la Venecia nigeriana—, situada en la laguna de Lagos, una de las ciudades más grandes del continente.

Lagos que era llamada Eko durante el Reino de Benín, fue rebautizada con el nombre actual por los primeros colonos portugueses que se asentaron en la zona haciendo referencia al estilo de vida fluvial de los habitantes de la región. Hoy en día es la segunda ciudad más poblada de África, lo que implica ciertos desafíos en cuanto a la gestión urbana y de infraestructuras de la ciudad.

En el caso de zonas como Makoko, el cambio climático y la insalubridad hace más difícil la supervivencia de la comunidad que además, se ve amenazada por el desalojo que está implementando el gobierno siguiendo su plan de intentar mejorar el caos que gobierna la ciudad y de limpiar su imagen. Como todos los procesos de gentrificación, los afectados directamente son las poblaciones más pobres que son desplazadas, desarraigadas y despojadas de su medio de subsistencia, por lo que finalmente no perciben una mejora en su calidad de vida.

Por el contrario, los desalojos se dan en pro del beneficio económico que puede aportar la situación privilegiada que tiene este suburbio frente al mar. Las consecuencias para su población pueden ser desastrosas por la tradición pesquera de sus gentes que lucha por seguir manteniendo este modo de subsistencia a pesar de la contaminación de las aguas y que verá cambiado su modo de vida en caso de ser desalojados de sus casas.

El cambio climático también juega en contra de los habitantes, ya que las inundaciones son cada vez mayores y por lo tanto el empobrecimiento, las enfermedades y el aumento de la criminalidad sobretodo en la población más joven son algunos de los problemas sociales que se viven en la zona.

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Por esta situación y con el fin de aportar una solución a los muchos problemas tiene Makoko, el arquitecto, diseñador y urbanista nigeriano Kunlé Adeyemi ha puesto en marcha algunos proyectos que van en el sentido de mejorar las condiciones de vida de la población con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll y las Naciones Unidas.

Su estudio NLÉ —“En casa” en yoruba— trabaja desde la perspectiva del urbanismo y diseño social basado en el uso del urbanismo como herramienta al servicio de las personas mediante la consolidación del tejido urbano y comunitario. Desde esta perspectiva se pone en marcha el proyecto del Makoko Floating School, que consiste en la construcción de una escuela flotante en este suburbio lagosense.

La idea es construir un edificio sostenible, ecológico y alternativo que se adapte a una comunidad con tradición y subsistencia “acuática” y pesquera urbana. El propósito es replicar la idea en proyectos más ambiciosos como el “Lagos Water communities Project”, así como en otros contextos costeros del continente.

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La construcción del Makoko Floating School está alimentada con paneles solares situadas en el tejado del edificio y está apoyada sobre 256 baterías de plástico (actualmente se sostienen por pilares).

Habrá cabida para más de 100 niños y niñas, lo que favorece la reducción de la alta tasa de abandono escolar así como la criminalidad juvenil.

Construido por los propios habitantes con materiales locales, la madera es la protagonista de esta construcción de base triangular en forma de A que alberga las clases en el segundo piso, tiene baños de compost y que cuenta también con zonas verdes y de ocio para los estudiantes.

Texto original completo aquí

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