Extremos

No es sólo la lluvia: también somos nosotros

EXTREMOS ARG LLUVIAS NOV 2014 LANÚS @ferg_ramallo

En la última década y media, el mercado argentino de teléfonos celulares y smartphones ha sido inundado por cientos de modelos y millones de unidades. Pero la banda por donde corren las llamadas y los datos es la misma que en 1998. Una licitación de más de 2.300 millones de dólares la renovará recién en 2016 a la tecnología del 4G. Mientras tanto, una de cada tres llamadas se cortan o se pierden (foto @ferg_ramallo).

Entonces, ¿por qué los tres días ininterrumpidos de lluvia sobre la región del Centro de Argentina, pronosticados bastante a tiempo por los servicios meteorológicos, en especial para la Ciudad de Buenos Aires, el Gran Buenos Aires y sus 19 millones de habitantes, tendría respuestas diferentes frente a escenas de calles, avenidas y populosos barrios enteros aislados, inundados y con evacuados?

La lluvia -el tiempo en general- suena como de lo más democrática: cuando cae, le apunta a ricos y a pobres. Pero eso pasa sólo hasta pocos metros antes de tocar tierra: llueve para todos, sí, pero no de la misma manera. Unos pueden poner vida y hacienda a cubierto, si están en terrenos altos y bien protegidos, mientras otros se exponen a perder ambas, electrocutados como un joven trabajador en San Fernando, o sus casas destruídas por enésima vez en Gerli (sur) o Tigre (norte). Y así hace décadas, ganadas o no.

Pero por eso mismo no es el tiempo que está loco, cambio climático incluido. No: somos nosotros. Ingenieros, climatólogos y urbanistas se cansaron de advertir durante los últimos años, con los pronósticos de lluvias más intensas y frecuentes, que la única respuesta seria son planes de largo plazo para reordenar las superpoblación bonaerense, amontonada sobre un terreno natural muy llano que escurre muy lentamente y con un crecimiento urbanístico descontrolado. Menos cuando se construyen obras privadas sin suficiente planificación pública para acompañar los cambios que propone la atmósfera.

EXTREMOS LLUVIAS GBA TÉLAM NOV 2014

En este comienzo de noviembre de 2014, Buenos Aires y sus alrededores sólo revivieron en cámara lenta las tragedias de La Plata y el norte de la CABA de 2013, con un centenar de muertos y daños millonarios para viviendas y comercios, además de infraestructura (foto: Télam).

Será muy útil, desde esta lejana Argentina, la lectura detenida del último, flamante informe científico del IPCC de la ONU, divulgado justamente este 1 de noviembre, sobre los impactos que el cambio climático irá produciendo de una u otra manera en todos los rincones del planeta –incluída, claro, la Argentina– durante las décadas que vienen, si persiste el nivel de emisión de gases invernadero que provoca el calentamiento global.

Ciudades como San Francisco y Nueva York, ciertamente con más fondos públicos para emprenderlas, estudiaron, programaron y ya encaran obras en sus zonas costeras en una y otra costa estadounidense conscientes de que sus sociedades, sus habitantes, negocios, inversiones y demás deben adaptarse cuanto antes a un cambio climático que les impone cada vez más costos en vidas y bienes.

Entre nosotros, financiados por organizaciones europeas, cuatro ciudades rioplatenses ya pusieron manos a la obra para afrontar una realidad que para ellos, en especial en estos días de Sudestada y copiosas lluvias sobre el delta del Río de la Plata, imponen con altos costos para sus poblaciones a uno y otro lado del estuario, en Uruguay y en Argentina. También hubo experiencias positivas ante fenómenos extremos, como en Neuquén.

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Superando enormes dificultades derivadas de los problemas de financiación externa que sufre el país, el Ministerio de Medio Ambiente, a través de su oficina de Adaptación al Cambio Climático, desarrolla al menos un programa en el Norte del país vinculado, en este caso, no con el exceso de lluvias sino por el contrario con la angustiante falta de agua que afrontar pequeños productores de Santa Fe y Chaco agobiados por la deforestación salvaje que contribuye al calentamiento global en favor de la explotación sojera y maderera para el consumo del Primer Mundo. Poco más de 5 millones de dólares. Es algo, pero muy poco.

Como se ha dicho tantas veces en congresos internacionales, investigaciones científicas y programas de organizaciones internacionales, ninguno de los problemas de infraestructura básica que provocan el tiempo a corto plazo, y la variabilidad climática y el cambio climático de origen humano a mediano y largo plazo (calentamiento global, suba del nivel de los mares, fenómenos extremos más intensos y frecuentes, deshielos) puede afrontarse sin planes integrales liderados por el Estado y sus mecanismos meteorológicos de pronóstico y alerta, con apoyo colectivo, y muchos esfuerzo económico.

Una solución como la que soñamos hace décadas en el Gran Buenos Aires (obras inteligentes y perdurables de infraestructura adecuada, sistemas de prevención y alertas, reordenamientos territoriales que respeten los cauces, los humedales y la naturaleza en general) necesita inteligencia, participación conjunta de los que más saben (climatólogos, ingenieros, urbanistas, geógrafos, economistas, políticos y organizaciones sociales) y una cantidad de fondos que posterguen un poco el consumo cortoplacista de bienes y servicios que nos divierte cuando el tiempo soleado nos da una tregua pero nos acosa, y ahoga hasta la muerte incluso, cuando llueven tres días seguidos como este anegado comienzo de noviembre de 2014.

Por Eduardo de Miguel, editor de Tiempo Inestable.

 

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