Cambio Climático

Un futuro gris si no se afronta el cambio climático

(Por Alicia Rivera).- El Ártico tal vez sea el exponente más notable del calentamiento global. Pero lo que sucede en ese océano es solo un elemento más del aumento acelerado de la temperatura media del planeta y sus intrincadas consecuencias en todo el complejo sistema climático.

El Ártico es el sistema natural de refrigeración de la Tierra. Y se está calentando, mucho y muy rápido. Si la temperatura media de la superficie del planeta ha aumentado 0,85 grados Celsius en el último siglo, el calentamiento en la región más septentrional duplica ese valor y en tierra firme es muy superior (hasta tres grados en el norte de Alaska), según el último informe científico del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, siglas en ingles), de las Naciones Unidas.

El Centro Nacional de Datos de Hielo y Nieve (NSIDC, estadounidense) indica una subida ya de la temperatura en el Ártico de cuatro grados sobre la media de 1968-96 y recuerda que es la región de la Tierra que más se está calentando.

La extensión helada en septiembre marca en el gran Norte récords de mínimos prácticamente cada año y se estima que puede quedar libre de hielo en verano en la segunda mitad de este siglo. Los científicos vigilan allí los indicadores del cambio climático: desde el volumen total de hielo, hasta las áreas de permafrost descongeladas, los glaciares de Groenlandia o el desplazamiento de especies que van conquistando entornos septentrionales cada vez más templados.

Mientras tanto, economistas y políticos no se quedan rezagados, evaluando ventajas e inconvenientes que el fenómeno pueda suponer para sus negocios y estrategias en esa región paulatinamente menos inaccesible. Algunos se hacen ilusiones con un océano septentrional estacionalmente descongelado porque “promete ser un atajo para el tráfico marítimo entre las costas asiáticas del Pacifico y las costas atlánticas europeas, así como la posibilidad de hacer prospecciones de tal vez una quinta parte de las reservas del planeta de gas natural y petróleo aún no descubiertas”, señalaba en abril The Economist.

“Tales reacciones están profundamente equivocadas”, afirmaba el semanario británico. “No importa tanto que el bajo precio del gas y el petróleo signifique que su búsqueda en el Ártico no merezca ya la pena, o que por el tan cacareado paso marítimo probablemente solo pase un goteo de comercio. La respuesta correcta es temor: el Ártico no es meramente un barómetro de las cuestiones climáticas, sino un actor de las mismas”, advertía The Economist.

El Ártico tal vez sea el exponente más notable hasta ahora del calentamiento global. Pero lo que está pasando en ese océano encajonado entre continentes es solo un elemento más del aumento acelerado de la temperatura media del planeta y sus intrincadas consecuencias en todo el complejo sistema climático.

Por ello, y sobre la base firme de los informes del IPCC, 195 países alcanzaron en París, en 2015, un acuerdo para contener (cada país fija su objetivo y lo irá actualizando) las emisiones de gases de efecto invernadero responsables del calentamiento y que este no sobrepase los dos grados centígrados, a partir de los cuales, advierten los científicos, el cambio climático tendría consecuencias catastróficas.

El Acuerdo de París entrará en vigor en 2020, pero ya ha recibido un durísimo golpe con el rechazo del presidente Donald Trump. Washington se comprometió en París a reducir, en 2025, sus emisiones entre el 26 por cien y el 28 por cien sobre el nivel de 2005, y a aportar 3.000 millones de dólares al fondo de ayuda a los países menos desarrollados.

Estados Unidos es el segundo país por emisiones absolutas, después de China (en datos per cápita EE UU duplica con creces a China) y entre los dos superan el 35 por cien de las emisiones globales. Según un Estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), con los objetivos comprometidos en el Acuerdo de París, el incremento de la temperatura a finales de este siglo sería de entre 2,7 y 3,6 grados, mientras que sin dicho acuerdo, el calentamiento se situaría entre 3,3 y 4,7 grados. El abandono de EE UU desbarata esas no muy halagüeñas proyecciones.

“Tenemos que afrontar el cambio climático como asunto de máxima urgencia”, alertó en mayo Amina Mohammed, secretaria general adjunta de la ONU. “Sabemos que el cambio climático es un hecho científico. Ya no hay dudas, es real y amenaza la paz y la prosperidad en todo el globo”, dijo en el Foro de Viena sobre Energía.

“Sequías, inundaciones, olas de calor, fenómenos meteorológicos extremos y subida del nivel de los mares están desplazando poblaciones como nunca antes y poniendo en peligro vidas y medios de subsistencia”, resumió. “Ningún país o sector es inmune”.

“El calentamiento del sistema climático es inequívoco”, afirmó el IPCC en su informe de 2013. “Es extremadamente probable que la influencia humana haya sido la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo pasado”.

Y “extremadamente” significa una probabilidad de entre el 95 por cien y el 100 por cien. Detallaron los científicos que “la influencia humana se ha detectado en el calentamiento de la atmósfera, en los cambios del ciclo global del agua, en la reducción de las nieves y los hielos, en la subida media del nivel del mar y en los cambios registrados en algunos fenómenos extremos”.

195 países alcanzaron en París, en 2015, un acuerdo para contener las emisiones de gases de efecto invernadero

El cambio climático de la Tierra, debido a la intensificación del efecto invernadero provocada por la actividad de la especie humana, empezó a ser evidente hace unas pocas décadas. El IPCC publicó su primer informe en 1990 y, desde entonces, el conocimiento de cómo funciona el clima del planeta, las observaciones de los fenómenos implicados y los modelos de simulación han avanzado tanto, que el consenso científico sobre el calentamiento global en marcha y sobre la responsabilidad humana es prácticamente unánime.

En los informes del IPCC, especialistas de todo el mundo evalúan y aúnan las conclusiones de todos los estudios científicos que se van haciendo sobre el asunto. De ahí la solvencia de sus conclusiones, aunque para muchos son demasiado prudentes. Al margen quedan escépticos del cambio climático, los llamados Contrarian (negacionistas) cuya calidad científica se cuestiona y cuya dependencia de los intereses económicos asociados a los combustibles fósiles se da por descontada.

En los Contrarian se basa el rechazo de Trump al Acuerdo de París, argumentando que impone “terribles cargas a los americanos cerrando la industria del carbón, sofocando el crecimiento y desplazando puestos de trabajo y riqueza de EE UU a sus competidores”, según recogió The New York Times. Sus críticos señalan que Trump se basa en estudios que asumen que la economía estadounidense no utilizará la innovación para adaptarse, y es sintomático que grandes corporaciones estadounidenses (ExxonMobil, Chevron, Apple, Google, Microsoft, IBM, Intel, Nike, Starbucks, etcétera) hayan manifestado su apoyo al Acuerdo de París. Preocupa en EE UU, por ejemplo, la pérdida de competitividad en el mercado de las energías limpias, en el que apuestan fuerte China y la Unión Europea.

“Lejos de ser un amortiguador del crecimiento, la integración de las acciones frente al cambio climático en las políticas de crecimiento pueden tener un impacto económico positivo”, afirma José Ángel Gurría, secretario general de la OCDE. “No hay excusa económica para no actuar frente al cambio climático”.

La actuación ante el cambio climático engloba múltiples medidas en muy distintos ámbitos, desde la contención de las emisiones de gases de efecto invernadero (mitigación), hasta la adaptación a los ya inevitables efectos del calentamiento global.

Todo ello afecta al sistema energético, al transporte, las infraestructuras, la pesca, la agricultura, la deforestación, la protección de la población frente a la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos (sequías, inundaciones, olas de calor, tormentas tropicales), a las zonas costeras amenazadas por el aumento del nivel del mar, etcétera. Y los impactos son intrincados.

Rusia, por ejemplo, podría beneficiarse de temperaturas menos extremas en su norte, pero a la vez, el retroceso del permafrost (terreno congelado) supone un alto riesgo de inestabilidad para miles de kilómetros de gasoductos y otras infraestructuras, si el terreno en el que se sustentan pierde total o estacionalmente su consistencia helada.

El clima de la Tierra cambia en el tiempo de forma natural, siempre lo ha hecho. Pero a mediados del siglo XIX entró a desempeñar un papel creciente un fenómeno nuevo: la inyección constante y acelerada a la atmósfera de dióxido de carbono (CO2) debida, sobre todo, al uso de los combustibles fósiles disparado con la revolución industrial.

La vida en la Tierra depende de la energía que llega del Sol. “Aproximadamente la mitad de la luz que llega a la atmósfera atraviesa el aire y las nubes y llega a la superficie, donde es absorbida y reemitida de nuevo en forma de calor (radiación infrarroja). Aproximadamente el 90 por cien de ese calor es absorbido por los gases de efecto invernadero (GEI)”, explica la NASA. Gracias a este efecto invernadero natural, la temperatura media en la superficie terrestre se sitúa en los confortables 15 grados centígrados.

Los GEI fundamentales son el vapor de agua, el dióxido de carbono (que emiten los seres vivos, los volcanes y actividades humanas como la deforestación, los cambios del uso de la Tierra y la quema de combustibles fósiles), el metano, el óxido nitroso y los clorofluorocarbonos. Al aumentar artificialmente la concentración de esos gases en el aire se refuerza el efecto invernadero, aumentando la temperatura: pura física. Es como echar una manta más gruesa de lo normal alrededor del planeta. A finales del siglo XX, el cambio climático inducido por la acción del hombre era ya una evidencia.

La concentración de CO2 en la atmósfera ha pasado de 280 partes por millón (ppm) antes de la revolución industrial a 400 ppm ahora, nivel sin precedentes al menos en los últimos 800.000 años, según indican las burbujas atrapadas en los hielos del pasado. En consonancia, la temperatura ha aumentado. “La mayor parte de calentamiento se ha registrado en los últimos 35 años, y 16 de los 17 años más templados se han producido desde 2001”, señala la NASA.

Si el clima cambia de forma natural y la energía del Sol es la principal fuente de energía que lo rige, ¿no será la variabilidad de la estrella la responsable del calentamiento actual? Se sabe que en la historia de la Tierra, el Sol ha desempeñado un papel importante en los cambios climáticos, pero esta vez los datos no cuadran: si el Sol fuera ahora responsable, aumentaría la temperatura de toda la atmósfera; sin embargo, ha habido un cierto enfriamiento de la capa superior (estratosfera) y un calentamiento en las capas más bajas, donde los GEI atrapan el calor.

Originalmente publicado en Revista de Política Exterior.

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