Historias

Una terrible tempestad, según Darwin

Tierra del Fuego, 30 de diciembre de 1832, a bordo del “HMS Beagle”. Después de haber pasado seis días en la bahía de Wigwam, retenidos por el mal tiempo, salimos al mar el 30 de diciembre.

El capitán deseaba abordar en la costa oeste de Tierra del Fuego para desembarcar a York y Fueguia en su propio país; pero así que nos hallamos en alta mar, nos vemos asaltados por una sucesión de tempestades; además, la corriente está en contra nuestra y nos arrastra hasta los 57° 23′ de latitud sur.

El 11 de enero de 1833, forzando velas, llegamos a algunas millas de la gran montaña recortada a la que el capitán Cook diera el nombre de York Minster (origen de nuestro fueguino); pero una violenta tempestad nos obliga a amainar velas y a volver a alta mar. Las olas rompen con furia en la costa y la espuma pasa por encima de un acantilado que tiene más de 200 pies de altura.

El 12, la tempestad redobla su furor y ya no sabemos con exactitud dónde nos hallamos. Era muy poco agradable oír repetir constantemente el grito del comandante: “¡Atención a sotavento!” El 13, la tempestad alcanza su máximo de intensidad; nuestro horizonte se encuentra considerablemente disminuido por las nubes de espuma que levanta el viento.

 

El mar tiene un aspecto terrible; parece una inmensa llanura oscilante, cubierta aquí y allá de nieve. Mientras que nuestro navío lucha tenazmente, los albatros, con las alas extendidas, parecen jugar con el viento.

A mediodía, una ola inmensa viene a romper sobre nosotros y llena una de las balleneras, que nos vemos obligados a arrojar inmediatamente al mar. El pobre Beagle se estremece bajo el choque y durante algunos instantes rehúsa obedecer al gobernalle; pero muy pronto, como un valiente barco que es, se yergue y presenta su proa al viento. Si una segunda ola hubiera seguido a la primera, se hubiese apoderado de nosotros en un instante.

Desde hace veinticuatro días luchamos por ganar la costa occidental; los hombres están agotados de fatiga, y hace días que no hay ni un traje seco para mudarse. El capitán Fitz-Roy abandona, pues, el proyecto de abordar en el oeste contorneando a Tierra del Fuego.

Por la noche vamos a refugiarnos detrás del Cabo de Hornos y echamos anclas en un fondo de 47 brazas; la cadena, al desarrollarse en el cabrestante, hace saltar verdaderos chispazos.

¡Cuán deliciosa es una noche tranquila cuando durante tan largo tiempo se ha sido juguete de los enfurecidos elementos!

Charles Darwin, texto original completo, aquí

 

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