Historias

Vivir en la tormenta, por Manuel Rivas

HISTORIAS MANUEL RIVAS EL PAÍS

Una sentida y vívida crónica del escritor gallego para la revista EL PAÍS SEMANAL sobre la convivencia de las costas de Galicia con los temporales y la lluvia.

El invierno no esperó ni un segundo. El pasado 21 de diciembre comenzó a llover con intensidad en Galicia. Dos meses y medio después seguía lloviendo. En la costa pudo oírse ese primer día el engranaje en marcha de un mar de fondo. En marzo seguía bramando y embistiendo contra tierra. Aquella noche, una manifestación artística recorría las calles coruñesas en recuerdo del pintor y poeta del surrealismo marino Urbano Lugrís, un mito capaz de pintar sumergido con escafandra, y que legó una profecía: “¡Deberíamos arrodillarnos ante el mar!”. Él se llevó los paraguas de colores. Era la avanzadilla del Dirk, un temporal que no solo arruinó las cuentas pesqueras, sino que hizo caer las mismísimas vigas del cielo. En la Nochebuena, un apocalipsis de agua y fuego destrozó la Barca de Muxía, el más venerado de los santuarios marinos.

Enseguida tomó el relevo el Erik, que en fin de año zarandeó Galicia hasta las piedras. En 2014 todas las borrascas llevarán nombre femenino. Así que se llamaba Anne la tempestad que convirtió la noche de Reyes en una pesadilla. “No podíamos creer lo que veíamos”, cuenta Antón Carracedo, alcalde de Laxe, de estirpe marinera. “Caían montes de mar sobre los barcos. Hubo que desamarrarlos para que no se fuesen al fondo. Pasamos toda la noche de Reyes en vilo, capeando, un cuerpo a cuerpo con el temporal”.

Siguieron Petra, Ruth… Ya en marzo, Cristina. Semana tras semana, mudando de nombre, sin pausa, en metamorfosis de una tempestad incesante. Siempre ha habido temporales, pero ni los más viejos lobos de mar de la Costa da Morte, donde olas de más de 20 metros treparon la torre del faro Vilano, recuerdan una invernada semejante.

–¿Qué está ocurriendo? ¿Hay una insurgencia en la atmósfera? –pregunto al meteorólogo Carlos Balseiro, del blog 4gotas.com, que lleva muchos años escrutando lo visible y lo invisible en el cielo y el océano.

–No, con los datos que tenemos, no hay un cambio de régimen atmosférico. Si esta serie de borrascas fuera una consecuencia del cambio climático, estaríamos ante un escenario tremebundo. Lo que está ocurriendo es un choque de hostilidades prolongado entre la pujante corriente del chorro [frío polar en las altas capas] y la vanguardia del anticiclón.

Galicia y la cornisa cantábrica son ahora un campo de batalla, pero no se consolida una revolución atmosférica, sino una especie de estado de excepción que vive su apoteosis mediática como el gran espectáculo de una naturaleza virtual. Es el gran boom de los programas meteorológicos de televisión. La gente ha encontrado en el nuevo lenguaje una explicación convincente: la ciclogénesis. Con más entusiasmo aún: la ciclogénesis explosiva. Un término científico convertido en superstición popular. Porque la ciclogénesis denomina el origen del ciclón, pero no el efecto. No importa. Como una red social atmosférica, los ciclogenéticos se concentran en los miradores marítimos con su panoplia de cámaras. Y abroncan al mar cuando se modera y lo celebran cuando se alza en galerna.

La competencia virtual también se desarrolla en el campo onomástico. Los amantes de las borrascas se disputan su nombre. Para denominar a una hay que contactar con el departamento de Meteorología de la Universidad Libre de Berlín, ponerse a la cola, y abonar 200 euros. Hay quien lo hace como una demostración de amor, poniendo al temporal el nombre de la persona a la que ama.

La otra cara de esta historia es la ruina del sector pesquero, que da empleo en Galicia, entre marineros y mariscadores, a más de 150.000 personas. Durante todo este tiempo sin poder salir a la mar, no han percibido ningún ingreso ni recibido ninguna paga, ni siquiera la exención de la Seguridad Social, medida que se aplicó en el pasado. Incluso se han triplicado las tasas portuarias. Xosé Iglesias, 38 años, un ecologista dueño y patrón del Primero Villar, dice que los grandes lobbies quieren acabar con la pesca de bajura que es “la más social y menos destructiva”. En la última venta, le han pagado 1,50 euros por kilo de merluza, que al poco tiempo se vendía a 8 euros en un centro comercial.

“Son pocos los privilegiados capaces de entender la voz del océano”, escribió en la revista Atlántida José María Castroviejo. En los pueblos marineros de Galicia, antiguamente, los que tenían ese don de interpretar el lenguaje del mar eran conocidos como escoitas. Los escuchas. Un escucha legendario, Serafín Mourelle, 80 años, superviviente del Gran Sol, me dice: “Conozco desde que nací el océano, pero, mira, sigue siendo un desconocido”.

Texto original aquí

 

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